MS: El encantador canalla de la lengua despiadada

MOVIMIENTOS SOCIALES… ARGOSIS: ABRIL 04 DE 2021


xErnesto Estévez Rams

Diario Granma

La Habana, Cuba

internet@granma.cu


Gore Vidal tenía una ríspida lengua hasta el día en que murió. A él se le atribuyen algunas de las frases más ácidas de la escena pública estadounidense desde la segunda mitad del siglo XX.


Gore Vidal tenía una ríspida lengua hasta el día en que murió. A él se le atribuyen algunas de las frases más ácidas de la escena pública estadounidense desde la segunda mitad del siglo XX. Era el tipo de persona que nadie quería de enemigo y, sin embargo, tenía el talento de enlistarlos por pelotones. Refiriéndose a Truman Capote, describió su primer encuentro diciendo que lo había confundido por un sillón cojín colorido. «Cuando me senté encima de él, chilló». Capote, siempre dispuesto a hacer una escena dramática del hecho más trivial, le correspondía a Vidal en desafecto: «Siempre siento pena por Gore, es muy triste que tenga que respirar cada día». Al enterarse de la muerte de Truman, por una llamada telefónica de su editor, Vidal, luego de una pausa, le respondió: «esa ha sido una inteligente movida para su carrera». Ambos homosexuales, algunos creían que el origen de la animosidad entre ellos descansaba en una competencia por la notoriedad desde perspectivas diferentes, pero eso quizás sería demasiado superficial, ¿o no?


Gore, proveniente de familia patricia, con una larga genealogía en la política norteamericana, era de maneras refinadas pero comedidas, lo que le daba un aire de élite casi natural. Nacido en el hospital de la Academia Militar de West Point, la más prestigiosa del país, era nieto de un senador del congreso de EE. UU. que, siendo ciego, lo tomaba por su lazarillo. Capote, de una familia igual a la del vecino que se rompió a una edad temprana, fue criado por la familia materna hasta que se reunió con su madre en Nueva York, quien, en segundas nupcias, se había casado con un cubano de Unión de Reyes, quién lo acogió como un hijo y le dio su apellido: Capote.


En 1948, Vidal visitó París para conocer a André Gide, que recién había ganado el premio Nobel de Literatura. Gide impresionó al joven norteamericano por su posición de asumir la homosexualidad como un hecho natural, de la que se podía hablar sin armar muchos aspavientos. Recibió, del viejo literato, una copia de Corydon con cuatro diálogos sobre el tema.


En 1977, durante una fiesta, el novelista norteamericano Norman Mailer le propinó un piñazo en la cara a Gore Vidal. Ya en el piso, este último exclamó: «Una vez más, las palabras le fallan a Norman Mailer». Seis años antes, los dos contendientes habían tenido una memorable bronca frente a las cámaras de televisión, esa vez usando las palabras, aunque se dice que, entre bastidores, Mailer le había pegado un cabezazo a Vidal. El inicio de la larga disputa entre los dos la sitúan en una crítica que Vidal hiciera de un libro de Mailer sobre el feminismo. Gore comparó a Norman con el asesino Charles Manson, y le puso el mote de M3, para concluir que las mujeres las tendrían muy difícil en su batalla por la igualdad, hasta que «M3 sea reformado, y eso tomará un tiempo muy largo». Dicen que en la vejez se reconciliaron, pero lo cierto es que, ya muerto Norman, Vidal, en una entrevista, dijo del occiso: «si algo podía hacerse mal, él lo hacía mal».


De Norman siempre se destaca la masculinidad de comportamiento que se desborda hacia sus libros, lo que, acompañado de un ego tres veces mayor que su corta estatura, lo hacía un autor, cuando menos, motivo de las más variadas interpretaciones, sino contencioso. Acusado en múltiples ocasiones de machista, su momento más bajo fue un episodio de violencia contra su entonces esposa Adele Morales: borracho como una cuba, la asaltó con un objeto punzante y casi la mata. Protegido, como lamentablemente ocurre con frecuencia, por la propia esposa, y blindado por la comunidad intelectual a su alrededor, del incidente emergió tan solo con una condena suspendida.


Quizás la mejor respuesta que alguna vez recibió Mailer por su machismo fue la que se le dió en aquella trifulca televisiva por el anfitrión, Cavett, que frente a la actitud abusadora de Norman, que quería reducir su función al de mero reproductor de preguntas escritas, le espetó: «por qué no las doblas en cinco partes y las colocas donde la luna no brilla»; todo dicho frente a las cámaras y emitido a millones de espectadores. Lo que siguió fue aún más delicioso. Mailer, abiertamente molesto, le dice a Cavett si aquello se le había ocurrido o lo tenía también escrito, y este le ripostó: «Acaso tengo que decirte una cita de Tolstoi». Mailer se vira al público en el estudio y le increpa: «¿Son todos ustedes realmente idiotas, o soy yo?», a lo que el público responde en coro: «¡Tú!». El anfitrión terminó la matanza: «Bueno, esa respuesta fue fácil».


En 1991, Mailer publicó la novela El Fantasma de Harlot, texto de más de mil páginas que hace un repaso de la cia, a través de varios personajes desde dentro de la agencia de espionaje. Es ya un libro cuando Norman Mailer era un consagrado de la literatura norteamericana. Cuba ocupa una porción importante del texto, pero del libro se podrá escribir en otra ocasión.


Ya podemos concluir que Norman Mailer fue un canalla, Gore Vidal también, pero del tipo que uno disfruta enormemente, por múltiples razones. Gore discutía la sexualidad allá por finales de la primera mitad del siglo XX, cuando tantas cosas eran tabúes, y ese tema especialmente prohibido por «las buenas costumbres». Novelas como La ciudad y el pilar de sal, que trata sobre un adolescente que descubre su sexualidad homo y que, escrita en 1946, levantó, como era de suponer, escándalo mayúsculo. Pero Vidal escribió multitud de textos sobre el mismo tema, desde piezas para periódicos hasta obras de teatro. En un libro titulado Sexualmente hablando, que hojeo para escribir este comentario, se reúnen una parte importante de los textos de no-ficción que escribió, el primero que recoge, uno de 1965.


Haríamos bien en rescatar libros como ese, para darnos cuenta de que debates que creemos que hoy son novedad, ya estaban siendo abordados de manera abierta, y siendo pensados desde posiciones liberadoras desde hace más de media centuria. Somos una sociedad con zonas de serio padecimiento bipolar que ya va siendo hora, que terminemos de sanar. No podemos, como sociedad, aspirar a conquistar toda la justicia, si no nos desprendemos de todos los lastres que nos impiden reconocer que lo emancipatorio pasa por dar solución plena a las injusticias asociadas a la discriminación del lgtbiq, dentro de otras discriminaciones de género, raza, que no solo se mantienen, sino que se reproducen. Nada ampara injusticias en nombre de prejuicios y justificados en supuestos históricos, culturales o religiosos. Y hay injusticias activas e injusticias por omisión. Discriminaciones activas y otras por vacíos, como, por ejemplo, ausencia de leyes que pongan en igualdad efectiva a todos los seres humanos, y que protejan sus opciones personales como derechos inalienables.


La aproximación de Gore a la sexualidad era como muchas de sus aproximaciones a otros temas de interés público, y que recuerda, a su vez, la forma que tenía Raúl Roa: llamar a los imbéciles por su nombre de imbéciles, y luego argumentar por qué merecían el epíteto. No es que eso fuera muy educativo, pero sí efectivo, de manera muy dramática.


Vidal quería ser recordado no por sus obras de ficción sino por las otras, las de temas históricos. Republicanista furibundo, sangraba por lo que consideraba la pérdida de la república estadounidense a favor del imperio. Ese tránsito, para el historiador, tenía varios momentos claves, entre los que estaba la intervención en la guerra de independencia cubana y en las filipinas; la entrada de ee. uu. en la Segunda Guerra Mundial y la consiguiente proyección del país como imperio global. A Gore le gustaba una frase de su compatriota Henry James, que alguna vez dijo que «si bien el imperio civilizó a los británicos, corrompería totalmente a los estadounidenses», a lo que el propio Vidal agregaba. «No somos nada más que británicos desplazados. Tenemos exactamente el mismo apetito voraz, el mismo amor por la delincuencia, el mismo amor por lo criminal». Gore Vidal había vivido en Guatemala y había entablado amistad con algunos líderes durante el gobierno de Arévalo, quienes le pronosticaron, que tarde o temprano, EE. UU. intervendría en el país. Al consumarse el crimen, Vidal refrendó las palabras de Mark Twain «Llevamos la muerte a donde quiera que vamos».


Recuerdo a Gore Vidal en diciembre de 2006, cuando visitó Cuba, ya anciano. Lo acompañaban destacados intelectuales y políticos de su país, y un joven de color nórdico, con una trenza rubia que llegaba debajo de su cintura, y quien manejaba su silla de ruedas. En aquella visita, Rosa Miriam Elizalde le hizo una memorable entrevista para Juventud Rebelde, de la que tomo notas para este comentario, así como de conversaciones con Iroel Sánchez, quien fue una de las dos personas designadas para atenderlo. Fue invitado al Aula Magna de la Universidad de La Habana y, para la ocasión, en cada silla del lugar se ubicó un ejemplar de su novela La institución smithsoniana.


A mi lado, un amigo admirable saltaba, metafóricamente, en un pie, porque la máquina del tiempo que permitía al protagonista moverse por diferentes épocas en la novela, era alimentada por zeolita como combustible, lo que le tocaba la fibra sensible de ser un científico que había dedicado su vida a este material. Conexiones más extrañas han hecho lectores con obras literarias. Ese día Vidal estuvo magnífico, disertó sobre la república norteamericana y los diferentes acontecimientos que la habían llevado hasta ese momento. Se trataba de la época en que Bush hijo, más mediocre (¡todo es posible!) que el padre, amenazaba con invadir todos los rincones oscuros del planeta. Para Vidal, el puntillazo a la república había sido Harry Truman, a quien despreciaba, pero lo de Bush Jr. era el colmo de la estulticia. Desafortunadamente, Gore Vidal murió en julio de 2012. Con su lengua despiadada, probablemente, de hablar hoy, diría que se salvó de tener que vivir la experiencia Trump. Al ser entrevistado a su llegada a La Habana, Gore Vidal confesó: «Me pareció que debía venir para ayudar a romper más de 40 años de injusto bloqueo».


Definitivamente, Gore Vidal es un delicioso canalla que se extraña en esta época de tanta impostura.


Fuente: http://www.granma.cu/pensar-en-qr/2021-04-02/el-encantador-canalla-de-la-lengua-despiadada-02-04-2021-22-04-54?fbclid=IwAR2RitE9p_VUbjq3W4ZZ0yXAveJonRIYr1jGmUzePMxVMWMHn3iGd8VP9I4

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