ME: Cuba: De patria y cultura en tiempos de Revolución (02)

MATERIAL DE ESTUDIO: CUBA… ARGOSIS: ENERO 25 DE 2921


xErnesto Limia Díaz•


La NED junto a Open Society, Freedom House, el Instituto Nacional Demócrata, el Instituto Nacional Republicano y el Committee on the Present Danger (ligado a José María Aznar y Vaclav Havel), canalizaron más de tres mil millones de dólares para desatar el caos. El embajador Juan Sánchez Monroe narra cómo estos fondos se emplearon para movilizar y adiestrar en centros clandestinos de entrenamiento a una masa de jóvenes y adolescentes pobres —sin posibilidad de estudios o desempleados—. Y cuando tras el bombardeo de la OTAN cayó Milosevic, Otpor asistió la creación de “Pora”, en Ucrania; “Kmara”, en Georgia; y “Zubr”, en Bielorrusia. Luego se extendió a Zimbabue y Venezuela, donde en 2002 —año del golpe de Estado contra Chávez— organizó el movimiento JAVU, del que procede Juan Guaidó. ¿Cuál fue el resultado de esta metodología?


La Yugoslavia donde nació Otpor no existe: Montenegro se separó de Serbia y a esta le arrancaron Kosovo, cuna de su identidad. Tampoco existe la Ucrania de “Pora”: devorada por los conflictos étnicos perdió Crimea y aún se mantiene en guerra con sus regiones del este; ni la Georgia de “Kmara”: la guerra de 2008 le separó Abjasia y Osetia del Norte. En ninguno de los espacios donde triunfaron las llamadas revoluciones de color ha vuelto a reinar la paz y la estabilidad (Monroe, 2020).


Resulta válido reconocer que el diálogo gubernamental entre Cuba y Estados Unidos estuvo signado por el respeto y se abordaron los más diversos temas de forma recíproca y en pie de igualdad soberana. Este clima bilateral condicionó que la conjunción de recursos a favor del cambio de régimen, tuviera que sumergirse en una narrativa menos beligerante y métodos más creativos. “Las medidas que estamos tomando reforzarán a la clase media de Cuba. Este es el mejor instrumento para obtener lo que todos queremos […]”, confesó en la citada entrevista en Madrid el subsecretario de Estado, Anthony Blinken (Blinken, 2015).


Entre 2015 y 2016 primó un nuevo enfoque en las proyecciones de Estados Unidos hacia Cuba: se le excluyó de la lista de Estados patrocinadores del terrorismo; se restablecieron las relaciones diplomáticas con embajadas en ambas capitales; se firmó un declaración conjunta para garantizar la migración regular, segura y ordenada, que puso fin a la política de “pies secos, pies mojados” y al programa de admisión para profesionales cubanos de la salud; se reanudó el correo postal directo y se restituyeron los vuelos comerciales de aerolíneas estadounidenses; se firmaron acuerdos de telecomunicaciones y contratos con una compañía norteamericana para la gestión de dos hoteles en La Habana; se concretaron más de 1 200 acciones de intercambio cultural, científico, académico y deportivo; más de 230 delegaciones empresariales y 284 000 turistas estadounidenses visitaron la Isla en 2016 (crecimiento del 74 % respecto a 2015), y ese mismo año se concluyeron 23 acuerdos comerciales. No obstante, se “mantuvo sin variaciones esenciales la proyección geopolítica de Estados Unidos sobre Cuba, de promover cambios en el orden político, económico y social, con un enfoque más sutil y en correspondencia con la concepción estratégica del denominado ‘poder inteligente’” (González, 2017).


Ceremonia de inauguración de la embajada de Estados Unidos en la capital cubana, frente al malecón, con la presencia del entonces secretario de estado John Kerry, el 14 de agosto de 2015, en lo que representó uno de los hitos del breve periodo de deshielo entre La Habana y Washington. Foto: Jorge Luis Baños/IPS.


El nuevo diseño de subversión ideológica apostó por convertir el sector privado en un adversario de la Revolución a mediano plazo. Tal proyección tenía un precedente: el trabajo del Cuba Study Group, presidido por Carlos Saladrigas, cubanoamericano de rancia estirpe batistiana, que llevaba una década abogando por generar un “embrión de alternativa moderada y centrista” para socavar las concepciones antimperialistas de nuestro pueblo y los fundamentos clasistas que llevaron a la Generación del Centenario hasta la Sierra Maestra. En ese curso pretendió fomentar la microeconomía del país mediante la creación de un fondo de 300 millones de dólares para conceder créditos al sector privado. No se trataba de diversificar los actores económicos, por el contrario, formaba parte del diseño del Plan Bush. “Esta organización confía en que de la microempresa se llegue a la pequeña empresa y, de este modo, nazcan grandes empresas”, admitió Saladrigas en Madrid en octubre de 2007 (Peraita, 2007) en una entrevista en la que declaró como paradigma teórico de su proyecto al economista neoliberal Hernando de Soto, presidente del ultraconservador Instituto Libertad y Democracia, y asesor presidencial del corrupto y asesino Alberto Fujimori.


La meta no era fomentar las Pymes (pequeñas y medianas empresas) en la Isla, que forman parte de la concepción del modelo de desarrollo del socialismo cubano. En el plan de Saladrigas estas solo constituyen un punto de partida, y del resto se encargarían los programas de intercambio y formación de liderazgo que toman como paradigmas a Friedrich A. Hayek y Milton Friedman —marco teórico de la mayoría de los estudios de economía en Estados Unidos. La aspiración es abrir las compuertas de la conciencia cubana a la doctrina neoliberal —inclemente adversaria de las Pymes.


Bajo esta lógica estimularon la creación de una élite dentro del sector privado que, para convertir en demandas políticas las aspiraciones económicas que pretenden inculcarle, necesitaba de un núcleo intelectual y un espacio de legitimidad para la corriente socioliberal en un país en que la inmensa mayoría del pueblo —y de su vanguardia artística e intelectual— es leal a la Revolución y a su proyecto social. Todo apunta a que no perdieron tiempo durante los 18 meses que se extendieron las negociaciones secretas bilaterales. En ese lapso emergió una plataforma de articulación de esos intereses alimentada desde la administración Bush.


Raúl Antonio Capote, profesor y escritor cubano reclutado por la Agencia Central de Inteligencia (CIA) en 2004, reveló las acciones al respecto de Kelly Keiderling, oficial de caso ubicada como jefa de la Oficina de Prensa y Cultura de la Sección de Intereses en La Habana, graduada por la Universidad de Georgetown —de donde salen la mayoría de los oficiales de la CIA y los funcionarios del Departamento de Estado— y con estudios de posgrado en el Colegio Nacional de Guerra de Washington. Kelly trabajó para formar grupos de debate, principalmente entre intelectuales y escritores afectados por la censura o con posiciones de distanciamiento hacia la Revolución. Capote ubica al principal gestor del “laboratorio” Cuba Posible como asiduo concurrente a las tertulias en la residencia de Kelly, que “no dieron el fruto esperado por la baja asistencia de los invitados y por lo comprometedor del lugar” (Capote, 2017).


Su espíritu, empero, estuvo en los debates teóricos promovidos por la revista Espacio Laical, que legitimaron la presencia de agentes enemigos pagados por Estados Unidos dentro de la oposición interna, junto a todas las corrientes ideológicas dentro y fuera de la Isla. Se trataba de confraternizar para derruir las barreras políticas de una Revolución radical, mientras Estados Unidos arreciaba el bloqueo y no abandonaba los epítetos de la guerra fría. El 21 de marzo de 2012 Saladrigas participó en la conferencia “Cuba necesita una revolución tecnológica. Cómo la Internet puede descongelar una isla congelada en el tiempo” —presidida por Marco Rubio y Mauricio Claver-Carone en la ultraconservadora The Heritage Foundation—, y ocho días más tarde Espacio Laical le organizó una disertación en la Isla; al final —estaba en el guion— posó radiante para las cámaras junto a contrarrevolucionarios del auditorio.


A las tertulias de Kelly también asistió una condiscípula suya en Georgetown: Katrin Hansing, profesora de Antropología del Baruch College en Nueva York y experta en el tema Cuba dentro de la vertiente menos beligerante del diseño de influencia. El 10 de febrero de 2013 —mientras su compañero de claustro, Ted Henken, se preparaba para acompañar a Yoani Sánchez en su gira por Estados Unidos—, Katrin envió a Soros un informe con un título revelador: “Documento de antecedentes: Cuba”, que concluía: “El actual período de cambio es un momento oportuno para tender la mano y trabajar con Cuba y los cubanos, para apoyarlos a convertirse en una sociedad más abierta” (Hansing, 2013).


Cuando en 2014 la Iglesia pidió a los editores de Espacio Laical cesar su trabajo en la revista, crearon Cuba Posible. El 21 de noviembre ya alcanzaron presencia en The New York Times: “La pareja refleja un colapso de la política binaria de los cubanos pro y anticastristas que dominaron durante décadas”, apuntó la corresponsal en México antes de indicar que pondrían “a prueba el umbral del gobierno para el debate, así como el apetito de los cubanos por encontrar una tercera vía” —lo mismo que intentó Eisenhower cuando se hizo evidente que Batista estaba derrotado. “Consultada” por la periodista, Katrin Hansing los calificó de “reflexivos y valientes” (Burnett, 2014). Al producirse el disparo de arrancada el 17 de diciembre, les tendieron una alfombra roja en el Departamento de Estado y les crearon una cuenta en un banco en el exterior.


Varios intelectuales con una obra aportadora creyeron en sus buenas intenciones. Comenzaron a retirarse al apreciar su entusiasmo desmedido por los nexos con la administración Obama y salir a la luz el patrocinio de Open Society, en cuya sede en Nueva York llegaron hasta a organizar un evento con un experto en transición de la Fundación Friedrich Ebert. Estaban haciendo carrera política e intentaron patentar el eufemístico y trillado término de “centrismo” para legitimar un proyecto de base neoplattista.


Ganaron atención —uno de ellos incluso fue acogido como miembro de Diálogo Interamericano— y asistencia financiera, no por sus tesis para perfeccionar el modelo de desarrollo escogido por el pueblo cubano, sino por declararse a favor del pluripartidismo y de establecer una socialdemocracia “tropical” —a solo 90 millas de Estados Unidos y, por supuesto, con un modelo neoliberal—, como si este pueblo no estuviera suficientemente “escamado”. Toda la retórica no consiguió velar sus intenciones de pulsear por el gobierno.


Ya entonces un grupo de jóvenes periodistas y profesores universitarios activos en las redes sociales disfrutaba de becas en Estados Unidos, Holanda y Alemania. Habían sido identificados por Ted Henken, profesor de Sociología en el Baruch College y uno de los expertos en “transición” de las conferencias académicas que nutrieron el Plan Bush, quien viajó a la Isla en 2011 para caracterizar este fenómeno desde el terreno. En su informe-artículo publicado en una revista financiada por la Fundación Friedrich Ebert, Henken reconoció que la administración Obama concebía Internet y la expansión de las comunicaciones con la Isla como herramientas clave de su propia política contra el gobierno cubano. Subrayó una idea “esperanzadora” que llamó la atención: “En los últimos años la extensión de la blogósfera cubana ha sido capaz (…) de construir algunos puentes y espacios que buscan salir de los ‘monólogos’ tanto oficialistas como opositores. Todo ello en un contexto en el que tanto para el gobierno cubano como para el de Estados Unidos la web forma parte de una batalla política de mayores dimensiones” (Henken, 2011: 90).


Poco después fue destacado como segundo jefe de la Sección de Intereses de Estados Unidos en La Habana Conrad Tribble, oficial del Servicio de Inteligencia del Departamento de Estado con una maestría en el Colegio Nacional de Guerra de Washington, aficionado al canto, la música y activo en Twitter; por tanto, capaz de atraer la simpatía de jóvenes blogueros. Ello, unido a un agresivo programa de becas —35 millones de dólares destinó la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) en 2015 a un nuevo plan de educación superior para América Latina— y los 40 millones de dólares para los programas de cambio de régimen administrados por contratistas de la USAID y la Fundación Nacional para la Democracia (NED) entre 2015 y 2016 —recibieron 304 millones desde 1996; el 90 % a partir de 2004—, le permitió a la administración Obama crear y articular una red de sitios web proclamados “independientes” —calificativo que no se reduce a Cuba y se extiende a los sitios creados contra la izquierda mundial—, con alcance a todos los sectores de nuestra sociedad y la emigración.


Una hornada procedente de facultades de humanidades de las universidades cubanas se unió a los propósitos de la contrarrevolución. La mayoría emigró entre 2010 y 2015. Sufrían los efectos de la crisis global de 2008 y los contratos de la USAID y la NED les garantizaron estabilidad financiera. Otros en el país, críticos de la política editorial de nuestros medios, quizás en un principio tuvieron la ilusión de hacer un periodismo diferente. Entre los de mayor protagonismo en esa nueva plataforma mediática anticubana —dentro y fuera de la Isla— resaltan 14ymedio, ADN Cuba, Cibercuba, Rialta, El Toque y El Estornudo.


Obama concluyó su mandato el 20 de enero de 2017. Cuatro meses después Donald J. Trump ya había sellado una alianza con Marco Rubio y seleccionado como director de la CIA a Mike Pompeo —más adelante lo elevó a secretario de Estado—, quien tras titularse en la Academia de West Point patrulló el telón de acero hasta la caída del Muro de Berlín. Miembro del Tea Party, Pompeo tendría un papel protagónico en la revisión de los programas de subversión contra Cuba.


El 16 de junio de 2017, en el teatro Manuel Artime Buesa de Miami, y frente a un auditorio que anhelaba detener el proceso de normalización de las relaciones bilaterales, Trump cambió las reglas del juego: rodeado de politiqueros, esbirros y mercenarios calificó de equivocada la PPD-43 y la derogó. Para exaltar los ánimos rememoró Bahía de Cochinos, la Crisis de Octubre, la operación Peter Pan y el derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate, mientras un multipremiado grupo de terroristas deliraba de entusiasmo. Ninguno llevó una bandera cubana. “¡USA! ¡USA! ¡USA!” clamaban agitando banderitas de Estados Unidos. Y en las postrimerías del acto, hombres y mujeres con la mano derecha en el pecho escucharon sobrexcitados la versión de “The Star-Spangled Banner” mal tocada por un violinista cuyo mérito —según dijo Trump— era ser el hijo de Benigno Haza, quien participó junto a José María Salas Cañizares en el asesinato de Frank País, Raúl Pujol y otros jóvenes santiagueros durante la tiranía de Batista.


Trump dio un vuelco a las relaciones bilaterales: tendió una alfombra roja en el despacho oval a la brigada 2506 y puso la gestión de la política hacia Cuba en manos de una nueva generación dentro de la órbita reaccionaria y revanchista que impera en la Florida. Nombró a Mauricio Claver-Carone como director del Hemisferio Occidental en el Consejo de Seguridad Nacional —funcionario de más alto rango en la Casa Blanca para los asuntos de América Latina y el Caribe—; a Yleem Poblette, subsecretaria de Estado para Control de Armas, Verificación y Cumplimiento, y a Mercedes Viana-Schlaap, consejera principal para comunicaciones estratégicas. Como administrador asistente del Buró de Latinoamérica y el Caribe de la USAID fue designado John Barsa, exasesor en la Cámara de Representantes de Lincoln Díaz-Balart y, en el momento de su nominación, funcionario del Departamento de Seguridad Nacional.


Convencidos de que la lucha por hacerse del poder político en Cuba está signada por la lucha de clases, y que —más allá de legítimas insatisfacciones— la orientación popular de la democracia en Cuba cuenta con el respaldo mayoritario de su gente, los teóricos de la subversión en Estados Unidos apostaron por generar el caos en un pueblo condenado a la asfixia económica. Mientras, intentaban fomentar ínfulas de millonarios entre una clase media alta que necesitaría barrer el socialismo para satisfacer sus aspiraciones personales, y una cifra creciente de nuestros graduados universitarios recibían de manera directa formación neoliberal en becas de maestrías y doctorados concedidas por prestigiosas instituciones de enseñanza superior en Estados Unidos, Europa y Latinoamérica.


En medio de carencias inducidas e insuficiencias del modelo económico cubano y de su gestión —incluida la resistencia silenciosa de quienes rechazan los cambios demandados por las circunstancias—, la revolución de las comunicaciones se encargó de acrecentar el espejismo del “sueño americano” renovado por la industria del entretenimiento. El consumo como supuesta esencia de la vida llega hoy por canales mucho más eficientes que Hollywood: Instagram, Facebook y WhatsApp, tres redes sociales de Internet que propician una necesaria cercanía familiar con esos jóvenes cuya elevada instrucción les concedió una ventaja determinante en los países de su asentamiento, luego de recibir ofertas laborales al concluir estudios de posgrado. Paradójicamente, nuestra televisión difunde esos modelos replicados en películas, novelas y series extranjeras, y hasta en la programación para niños y jóvenes, lo que completa el veneno en quienes no tienen acceso a medios digitales, por lo general familias con bajos recursos.


Esa clase media alta que pretenden desarraigar necesita de un núcleo intelectual encargado de subvertir los símbolos construidos a lo largo de 150 años, y capaz de sembrar en el imaginario popular, mediante malabares lingüísticos, la imagen de una Cuba enferma de cáncer con metástasis en su institucionalidad revolucionaria como consecuencia de la genética social —o sea, nada tienen que ver la guerra genocida de Estados Unidos ni las incapacidades o pifias internas; el problema es estructural: el socialismo es inviable.


En 2019, las presiones del gobierno de Estados Unidos crearon una nueva crisis en el suministro de gasolina y combustibles en Cuba.


Durante 2019 el clima bilateral entre Estados Unidos y Cuba experimentó un deterioro sustancial. Las medidas coercitivas y las acciones de subversión ideológica generaron un escenario de confrontación acelerada. Ante la situación atravesada por Venezuela y el complejo escenario socioeconómico interno, quienes se hallaban al frente de los planes de desestabilización asumieron el momento como una oportunidad sin precedentes para forzar los cambios.


El núcleo intelectual a cargo de los programas de cambio de régimen, pese a todo, no lograban ver la luz al final del túnel. “¿Piensan los miembros del Partido Comunista y los miembros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba (FAR) que podrán mantener la estabilidad política y la paz social en medio de un estancamiento económico que puede agravarse cuando el régimen venezolano colapse completamente?”, se preguntaron en un artículo publicado el 2 de mayo de 2019 en openDemocracy —sitio británico financiado por Open Society y la Fundación Ford— las politólogas Laura Tedesco, vicedecana de Artes y Ciencias en Sant Louis University-Madrid Campus, y Rut Diamint, profesora de la Universidad Torcuato di Tella en Buenos Aires. Para ellas el entusiasmo originado “con el restablecimiento de relaciones diplomáticas con Estados Unidos, la visita de Barack y Michelle Obama, los Rolling Stones y el desfile de Chanel hoy es un sueño irrepetible. Solo el deteriorado gobierno venezolano mantiene un respeto inmaculado por el poder cubano”. Y apuntaron otra intencionada idea:


Miguel Díaz-Canel apuesta por el inmovilismo. Para este cubano sin carisma, anodino y fácilmente olvidable sería impensable promover cambios que pudiesen desestabilizar el poder de las FAR y al supuestamente todopoderoso General de Brigada Luis Alberto Rodríguez López-Calleja, director del Grupo de Administración Empresarial, S.A. y exyerno de Raúl Castro. Y, sin embargo, el cambio será inevitable. No sabemos cuándo, ni cómo, ni quién lo impulsará o lo llevará a cabo. La paciencia de los cubanos no es eterna. Por ahora, el poderío de la burocracia cubana suena inquebrantable y su autoridad indiscutible, pero vale recordar que la revolución es un producto de condiciones históricas y esas condiciones no son inmutables.


Las autoridades no parecen atentas a cómo preservar los logros, si un cambio se avecinara. La sobrevivencia eterna de la revolución es una utopía que ni los propios generales de las FAR pueden creerse. Es posible que no sepan cómo salir. Ni cómo protegerse a sí mismos en un proceso de cambio. Y lo más inquietante, del otro lado de la vereda no hay nadie que asuma la responsabilidad de transformar Cuba. La disidencia, los grupos opositores, los cubanoamericanos, no han mostrado, hasta ahora, capacidad para articular una propuesta de gobierno o movilizar a los cubanos descontentos por las penurias cotidianas.


(…)Díaz-Canel podría ir ya preparando su transformación a reformista o su discurso de despedida (Tedesco y Diamint, 2019).


Tedesco y Diamint coordinan desde 2016 el proyecto Diálogos sobre Cuba, como parte del programa de formación de liderazgo de la NED —antes Tedesco coordinó por cuatro años un proyecto sobre liderazgo en Argentina, Venezuela, Ecuador, Uruguay y Colombia con dinero de Open Society. Con más incertidumbre que certezas, en julio convocaron a un taller los días 12 y 14 de septiembre de 2019 en Sant Louis University-Madrid Campus, institución jesuita estadounidense vinculada al ejército, en la que se enseña en inglés y completan estudios los soldados acantonados en Madrid. Querían evaluar el papel de las Fuerzas Armadas en los cambios que pretenden promover; y también adiestrar. Los participantes tenían que realizar una lectura previa a su concurrencia al evento, asistir a todas las actividades previstas y, muy importante, regresar a Cuba una vez finalizado el programa. ¿Sus figuras principales? El expresidente español Felipe González y el británico Richard Youngs, viejo contratista de la NED que preparó una conferencia sobre el poder transformador del activismo político.


Asistieron al taller dos agentes enemigos pagados por sucesivas administraciones de Estados Unidos: Manuel Silvestre Cuesta Morúa y Reynaldo Escobar (esposo de Yoani Sánchez), y una de reciente incorporación a la plantilla: Yanelis Núñez Leyva. También un dramaturgo, autor de varias obras llevadas a las tablas durante los últimos años sin sombra de censura. ¿De qué podría aleccionar González, un hombre que asumió la dirección del Partido Socialista Obrero Español gracias al auxilio de la CIA y la Inteligencia franquista, y luego de asumir la presidencia del país creó en octubre de 1983, y dirigió con el seudónimo X —como revelan documentos desclasificados por la CIA—, los Grupos Antiterroristas de Liberación que por cuatro años secuestraron, torturaron, asesinaron y enterraron en cal viva a 27 presuntos militantes etarras en territorio de Francia? ¿De qué hablaría un hombre que se hizo millonario con la política y hoy se ha unido a José María Aznar para vender en Europa a Juan Guaidó, un producto made in USA? ¿Qué hacía un dramaturgo en este taller sobre cómo aniquilar a las Fuerzas Armadas Revolucionarias, símbolo del más profundo patriotismo mambí, para derrocar la Revolución?


La beligerancia ganó en perfidia. El reverdecer del discurso de una progenie de estirpe terrorista alimentó un segmento de la emigración que llegó después de 2010 y no halla el “sueño americano”. Para no culparse, desahogan su furia en la Revolución y en Fidel. Sus esfuerzos se articularon con fondos de la USAID, la NED y parte del dinero que puso a correr en la Florida el grupo supremacista Proud Boys, que dirige Enrique Tarrio, hijo de cubanos nacido en Miami hace 34 años, que mantiene vínculos con la ultraderecha y la maquinaria republicana local. Florecieron el fascismo y la xenofobia, y la guerra psicológica adquirió una dimensión rayana en el terror. Auxiliado por el desarrollo de las comunicaciones, el corro adaptó los mensajes a una audiencia que ha encontrado en las redes sociales de Internet el canal para proyectar sus propios reveses y rabias.


Así se llegó al 3 de noviembre de 2020, el martes negro en la carrera política de Donald J. Trump, único presidente de Estados Unidos no reelecto para un segundo mandato en los últimos treinta años. El pueblo de Cuba fue capaz de resistir al acoso y de sobrevivir al nudo gordiano con que intentaron estrangularlo en medio de la Covid-19 —200 medidas en cuatro años, incluida la inédita implementación de los títulos III y IV de la Ley Helms-Burton. A Eliot Abraham, experto en guerra sucia con rol protagónico en el Irangate, buscado por Trump en la reserva de hienas, debía ocurrírsele algo. Tenían lo necesario dentro del equipo anticubano del gabinete, reforzado con varias promociones: Josh Hodges, protegido de Mauricio Claver-Carone, pasó de subdirector para el manejo de información en el Directorado de Comunicaciones Estratégicas del Consejo de Seguridad Nacional, a director para el Hemisferio Occidental; Carlos Trujillo, de embajador ante la Organización de los Estados Americanos, a subsecretario de Estado para el Hemisferio Occidental, mientras John Barsa fue nombrado administrador general de la USAID.


Timothy Zúñiga-Brown, encargado de negocios en La Habana, disponía en el populoso barrio de San Isidro de un grupito dado a “las groserías manieristas y fascistoides” —como apuntó un escritor y crítico cubano—, que había proclamado a Trump como su presidente y hasta uno de sus integrantes demandó a viva voz una intervención militar yanqui contra Cuba. Crear una situación de contingencia no les sería difícil y la orden llegó: “Sin piedad, es hora de escalar hasta la cima”.


“A quien crea que falta a los cubanos coraje y capacidad para vivir por sí en la tierra creada por su valor, le decimos: ‘Mienten’”.


El 26 de noviembre de 2020 la oposición contrarrevolucionaria adiestrada en base al manual de Gene Sharp, esa —al decir de Rolando Pérez Betancourt— más escolarizada, y no menos soberbia, lanzó una convocatoria para lanzarse a la calle sin importar las demandas de San Isidro o la liberación del marginal preso por desacato, cuya actitud ante la autoridad policial probablemente lo hubiese conducido a la muerte en el país de sus sueños. Un artista visual dentro de la Isla proclamó en su muro de Facebook que lidiaban con gente torpe del lado gubernamental, que cometían los errores básicos de quien no sabe cómo actuar y asustados porque podían perder la gallina de los huevos de oro en caso de portarse mal —en referencia a la promesa de campaña de Joe Biden de restablecer el curso bilateral de la Administración Obama—; sus “contrincantes” no querían desperdiciar un minuto más, pues la brecha abierta por Luis Manuel Otero Alcántara no iba a ser eterna. Desde un perfil falso, uno de sus vínculos en el exterior anunció la inminencia de una “sentada” de jóvenes con guitarras y canciones para neutralizar el uso de la fuerza, como se hizo —fue él quien lo subrayó— en la “revolución de colores” que derrocó al Gobierno de Eslovenia; tendría un “efecto dominó irrevocable”.


Pueden verificarse en ambos llamados algunas claves del apoyo a las acciones de San Isidro por un segmento sin escrúpulos que aboga por desligar la estética de la ética. Detrás de un supuesto posicionamiento artístico, se encubren intenciones de otro signo. No constituye un fenómeno autóctono: constituyen corrientes que prevalecen cuando la doctrina neoliberal se empeña en extender el “todo vale” como plataforma de la política y el deterioro global de la ética genera el debilitamiento de los valores espirituales y del sentido de la responsabilidad, en una marcha por derroteros esencialmente anticulturales, que nada tienen que ver con el carácter transformador del arte.


Las nuevas formas de colonización cultural están signadas por un deconstruccionismo que aboga por un sujeto vacío, a quien solo importe consumir. Poner al ser humano de rodillas ante el mercado exige vaciar de contenido la historia y los símbolos de cada nación. Han avanzado en ese camino por todo el orbe; mas para hacerlo en Cuba necesitan desmantelar una espiritualidad de hondas raíces patrióticas.


En una guerra de símbolos en la que el conocimiento y la razón sacan la peor parte y se legitima el divorcio entre la ética y el arte, y —lo que tiene una mayor connotación— entre la ética y el ejercicio de la política, son presentados como paradigmas quienes juegan dentro de las reglas del mercado y sus pautas de socialización, marcadas por el individualismo desenfrenado. En nombre de un modelo de democracia política que preconiza la ley de la jungla, se avasallan la democracia económica y la justicia social. La doble moral y el hedonismo se erigen en menoscabo de la conciencia social.


Hasta el presente la vanguardia artística e intelectual cubana constituye un referente popular de gran significado, lo cual le permite a la Revolución enfrentar esas tendencias degradantes. Ello condiciona que la política de subversión ideológica de Estados Unidos apunte a abatir nuestra institucionalidad: “Desmantelarla equivaldría a liquidar la política cultural y a dejar en manos del mercado el establecimiento de jerarquías y modelos” (Prieto, 2017: 169), de ahí que la Usaid, la NED y Open Society marchen de la mano. “…los pueblos que enajenan su tradición, y por manía imitativa, violencia impositiva, imperdonable negligencia o apatía, toleran que se les arrebate el alma, pierden, junto con su fisonomía espiritual, su consistencia moral y, finalmente, su independencia ideológica, económica y política”, advierte el Papa Francisco:


Un modo eficaz de licuar la conciencia histórica, el pensamiento crítico, la lucha por la justicia y los caminos de integración es vaciar de sentido o manipular las grandes palabras. ¿Qué significan hoy algunas expresiones como democracia, libertad, justicia, unidad? Han sido manoseadas y desfiguradas para utilizarlas como instrumento de dominación como títulos vacíos de contenido que pueden servir para justificar cualquier acción (Papa Francisco, 2020: 5).


El grupito de San Isidro fue evacuado en la noche del 26 de noviembre a instituciones de salud, como medida de prevención por la COVID-19. ¿Dejaría la Administración Trump escapar la oportunidad?, ¿la operación articulada en Washington se desinflaba?, ¿lo dejarían todo así? Para conocer lo que determinó el gabinete de crisis tendríamos que leer un informe desclasificado por la CIA o quizás Elliot Abraham lo confiese en sus memorias, ¿quién sabe? Pero no deja de llamar la atención que a la mañana siguiente —o sea, el 27 de noviembre— apareciera en la sede del Ministerio de Cultura una docena de artistas para exigir una reunión inmediata con el ministro, sin agenda. ¿Quién los encabezaba? Ah, cosas del destino: el dramaturgo que asistió al taller de Sant Louis University.


Una vez instalados supieron qué teclas marcar. Poco a poco se nutrió el grupo hasta llegar a una concurrencia de trescientas personas: se sumaron el ya citado artista visual con su gente y los “disidentes empresariales ávidos de desembolso en efectivo”, como los califica Fulton Armstrong, excoordinador de Inteligencia Nacional para América Latina de Estados Unidos. También —los iniciadores sabían cuánta legitimidad brindarían a la maniobra—, jóvenes inconformes con la gestión de las instituciones culturales, que reclaman mayor intercambio acerca de temas controversiales no agotados, así como artistas y escritores —jóvenes y no tan jóvenes— interesados en dialogar sobre aspectos que Abel Prieto definió en un artículo publicado en Granma: “…cómo consolidar los vínculos entre creadores e instituciones, sobre manifestaciones experimentales del arte que aún no han sido suficientemente comprendidas, sobre la imprescindible función crítica de la creación artística, sobre el «todo vale» de la visión postmoderna, sobre la libertad de expresión y otros muchos temas” (Prieto, 2020: 8).


Ya en la tarde estos dos grupos —o sea, los jóvenes inconformes y los artistas y escritores interesados en un mayor diapasón del diálogo con las instituciones— eran la gran mayoría de los congregados. A ellos habrían de añadirse los curiosos por lo que acontecía y algún que otro de agenda socio-liberal a la caza de una oportunidad. A uno de estos últimos no le fue posible controlar el exceso de entusiasmo y escribió que esto apenas comenzaba; no había antiguas zonas de confort a las que agarrarse, mucho menos consignas. Poco le faltó para decir que el futuro anunciado en los 90 del siglo pasado por la contagiosa canción de Willi Chirino: “Ya viene llegando”, por fin aparecía, el día menos pensado: 27 de noviembre, una fecha que en la tradición juvenil revolucionaria se dedica a honrar a los ocho estudiantes de Medicina. Tradujo al inglés en su muro de Facebook lo observado y sus apreciaciones, en tiempo real. ¿A quién le reportaba? Él sabrá.


Durante varios meses se gestó un clima enrarecido en Internet, con una intensa carga emocional. Se trataba de quebrar la confianza que ha cohesionado a la sociedad cubana; poner a la defensiva a nuestra gente. Una narrativa desintegradora pretendía establecer en el imaginario popular la existencia de dos lados yuxtapuestos: “ustedes”, esbozado mediante una retórica corrosiva hacia los cuadros, funcionarios y directivos del Partido, el Gobierno, las instituciones gubernamentales y la sociedad civil que se ha dado la Revolución. Del otro: “nosotros”, circunscrito a la contrarrevolución externa e interna; un segmento de académicos e intelectuales decepcionados del socialismo, la mayoría asentada en el exterior; otro dentro de esos dos mismos sectores que reside en la Isla y se manifiesta agotado por el esfuerzo que implica nadar a contracorriente —algunos de ellos en su defensa acuden a la marchita tesis de la “revolución traicionada”—; lo más importante, todo el que quisiera sumarse a los legítimos —según la matriz tendenciosa— exponentes de la sociedad civil.


Facebook, Twitter, WhatsApp y Telegram maximizaron el eco de la campaña a un nivel sin precedentes. En la nube se pierden las fronteras y se torna difícil —no imposible— establecer de quiénes en verdad parten los reclamos y dónde se hallan. Nada novedoso. Esa ingeniería mediática como soporte de las acciones desestabilizadoras la ensayó Estados Unidos en las “revoluciones de colores” este-europeas en la década de 1990 y en los levantamientos de Asia y Medio Oriente tras la crisis global de 2008. “…todos los post que salían al abrir la aplicación de Facebook en mi celular mostraban indignación, rabia, desespero, impotencia. En menos de media hora ya se habían creado tres grupos de WhatsApp y dos de Telegram donde decenas de amigos y colegas se conectaban para canalizar voluntad e indignación y «hacer algo»; de eso se trataba, «hay que hacer algo», decían”, escribió para El Universal de México una periodista pagada por la NED, cofundadora de 14yMedio (Escobar, 2020). Exacerbar los ánimos hasta el extremo forma parte del guion. Un experto en este tipo de guerra, Manuel Castells, lo describe. Por su valor ilustrativo, cito en extenso:


Desde el punto de vista de los individuos, los movimientos sociales son movimientos emocionales. La insurgencia no empieza con un programa ni una estrategia política. Esto puede surgir después, cuando aparecen líderes dentro o fuera del movimiento para promover los programas políticos, ideológicos y personales que pueden o no relacionarse con el origen y las motivaciones de los participantes en el movimiento. Pero el big bang de un movimiento social empieza con la transformación de la emoción en acción. Según la teoría de la inteligencia afectiva, las emociones más importantes para la movilización social y el comportamiento político son el miedo (una emoción negativa) y el entusiasmo (una emoción positiva). […] para que surja el entusiasmo y la esperanza, los individuos tienen que superar la emoción negativa resultado del sistema de la evitación: la ansiedad. La ansiedad es una respuesta a una amenaza externa sobre la que la persona amenazada no tiene control. Por lo tanto, la ansiedad lleva al miedo y tiene un efecto paralizante. La superación de la ansiedad en un comportamiento sociopolítico a menudo es resultado de otra emoción negativa: la ira. La ira aumenta con la percepción de una acción injusta y con la identificación del agente responsable de ella. Las investigaciones neurocientíficas han demostrado que la ira está asociada a un comportamiento que asume riesgos. Cuando el individuo supera el miedo, las emociones positivas se imponen a medida que el entusiasmo activa la acción […].


No obstante, para que se forme un movimiento social la activación emocional de los individuos debe conectar con otros individuos. Para ello requiere un proceso de comunicación de una experiencia individual a los demás. Para que un proceso de comunicación funcione, hay dos requisitos: la consonancia cognitiva entre emisores y receptores del mensaje y un canal de comunicación eficaz. La empatía en el proceso de comunicación está determinada por experiencias similares a las que motivaron el estallido emocional original. En concreto: si muchos individuos se sienten humillados, explotados, ignorados o mal representados, estarán dispuestos a transformar su ira en acción en cuanto superen el miedo. Este miedo lo superan mediante la manifestación extrema de la ira en forma de indignación cuando tienen noticia de que alguien con quien se identifican ha sufrido algo insoportable (Castells, 2013: 30-32).


En 62 años los adversarios de Cuba no se han dado un día de vacaciones como difusores de la confusión y la mentira. Estados Unidos ha invertido fondos multimillonarios para articular una plataforma entre los medios tradicionales y las nuevas formas de comunicación en las redes sociales de Internet. Resulta poco coherente minimizar el efecto de sus campañas, es por eso difícil de explicar que hasta el 28 de noviembre no se produjera una respuesta adecuada en materia de comunicación a lo que ocurrió en San Isidro. Faltó oportunidad en la denuncia de los personajes de la piyamada: la vulgaridad que condiciona las actividades de muchos de ellos, su proyección anexionista y afiliación a la agenda neofascista de Trump, el vínculo del marginal procesado penalmente con individuos que organizan actos terroristas contra la Isla desde el territorio de Estados Unidos, el llamado de uno de sus integrantes a la intervención militar del ejército yanqui y la conducción desde el terreno por Timothy Zúñiga-Brown —en franca violación de los preceptos de la Convención de Viena para las relaciones diplomáticas.


Frente a la campaña desatada por el equipo anticubano del gabinete de Trump, la ausencia de una respuesta pronta y convincente en el orden de la comunicación política generó cierta confusión entre no pocos tanto al interior de la Isla como en el exterior. Al no disponer de todos los elementos, algunos artistas e intelectuales honestos llegaron a sensibilizarse con los mercenarios victimizados. Y —como ya se apuntó en este texto— algún que otro personajillo enajenado llegó a proclamar que el Gobierno Revolucionario se hallaba atolondrado.


A mi modesto juicio, ello pudo propiciar que Elliot Abraham y su gabinete de crisis tomaran como un gesto de debilidad la decisión de las máximas autoridades del Ministerio de Cultura —junto a directivos de la Uneac y la AHS— de conversar durante cuatro horas con una representación diversa de los congregados en las afueras del edificio; por el contrario, la institucionalidad revolucionaria brindó una muestra de fortaleza y sabiduría, lo que unido a la buena voluntad de prestigiosos creadores presentes en el lugar neutralizó la maniobra enemiga. Allí se acordó dar continuidad a un diálogo aportador en ambas direcciones.


De lo ocurrido en la sede del Ministerio de Cultura pueden sacarse varias enseñanzas. La primera —y a mi juicio la más importante—, es que existe una franja de artistas y escritores, jóvenes y no tan jóvenes, insatisfechos con la administración de la política cultural por parte de varias de las instituciones del sector. Desde hace tres o cuatro años, entre no pocos creadores se ha hecho recurrente la idea de un eventual retroceso al clima del “quinquenio gris”. Evitarlo constituye un imperativo y demandan para eso una mayor participación en el proceso de toma de decisiones en el campo de la cultura y una mayor democratización de la dimensión política del hecho cultural.


Entiendo legítimas sus preocupaciones. “Lo que no resulta legítimo es el irrespeto a la ley, la pretensión de emplear el chantaje contra las instituciones, ultrajar los símbolos de la patria, buscar notoriedad mediante la provocación, participar en acciones pagadas por los enemigos de la nación, colaborar con quienes trabajan para destruirla, mentir para sumarse al coro anticubano en las redes, atizar el odio”, apuntó Abel en su citado artículo (Prieto, 2020: 8).


Pronto reaccionaron los que pretendían capitalizar lo acontecido a su favor, a quienes solo les interesa oír su voz. El 3 de diciembre enviaron un correo de tono arrogante al Ministerio de Cultura para demandar la presencia en la próxima conversación del presidente de la República junto a agentes pagados por el gobierno de Estados Unidos y varios medios de la plataforma mediática financiada con los programas de cambio de régimen. Incluyeron en su lista a un representante legal, un abogado que lleva años capitalizando el cierre de su contrato en la Universidad de La Habana para velar el alcance de sus actos: se sumó conscientemente a la probeta de tinte neoplattista inducida u orientada —solo ellos pueden saberlo— mucho antes del anuncio por parte de Obama del cambio de política; ahora se une a un episodio en el que aparecen anexionistas y hasta partidarios de Trump. Y también esta vez se asoma el dramaturgo: ¿ingenuidad o aspiraciones de Václav Havel tropical?


El presidente de Cuba tiene como método de trabajo intercambiar con intelectuales cubanos sistemáticamente —investigadores científicos, médicos, académicos, artistas y escritores, historiadores, profesores de todos los niveles, periodistas y comunicadores, entre tantos—, incluso, en medio de la pandemia de COVID-19. Tiene una virtud digna de encomio en un país con tantas mujeres y hombres de ciencias, y alto nivel de instrucción: sabe escuchar. No tengo duda de que, más temprano que tarde, se reunirá con el presidente electo de Estados Unidos, pero jamás con sus agentes. No es una condición negociable. Resulta doloroso leer en esa lista el nombre de personalidades y jóvenes del mundo de la creación artística, que nada tienen que ver con el mercenarismo. Es obvio que albergan una preocupación atendible, legítima, sobre los problemas del sector y el país, y entre encuentros y desencuentros con funcionarios de las instituciones culturales, posiblemente los hayan traicionado sus emociones.


Se acude para legitimar esta mezcolanza al Apóstol y su muy citado discurso “¡Con todos y para el bien de todos!” —pareciera que la mayoría de quienes lo toman como referente nunca se han detenido a leerlo—, pronunciado en Tampa el 26 de noviembre de 1891, cuando se disponía a fundar el partido de la unidad. Aquel hombre en el que latía el corazón de su tiempo, proclamó “¡Con todos y para el bien de todos!” como una máxima frente a la élite dentro de la Isla, conformada por autonomistas y anexionistas, que intentaba erigirse en gurú de los destinos del país; frente a los oficiales de la Guerra Grande que desdeñaban la opinión de los jóvenes y los emigrados; frente a la discriminación de negros y mulatos en los clubes revolucionarios; frente a los que hablaban en nombre de la libertad para desviarla en beneficio propio.


Mal los conocía quien no se percatara de cómo brotaba “una concordia tan íntima, venida del dolor común, entre los cubanos de derecho natural, sin historia y sin libros, y los cubanos que han puesto en el estudio la pasión que no podían poner en la elaboración de la patria nueva”, nacida al calor de “este amor unánime y abrasante de justicia”, de “este ardor de humanidad”. Por esa patria en que se reunían “con iguales sueños, y con igual honradez” hombres que podía divorciar el diverso estado de su cultura, “…sujetará nuestra Cuba, libre en la armonía de la equidad, la mano de la colonia que no dejará a su hora de venírsenos encima, disfrazada con el guante de la república. ¡Y cuidado, cubanos, que hay guantes tan bien imitados que no se diferencian de la mano natural! A todo el que venga a pedir poder, cubanos, hay que decirle a la luz, donde se vea la mano bien: ¿mano o guante?”, advirtió para entonces y la posteridad (Martí, t. 4, 1975: 275).


Martí quería la igualdad bajo la ley y también la igualdad de todos los cubanos bajo el techo en que vivían. Por ello habló de revolución social y de justicia, y de la mejor manera que pudo, para no espantar a la fiera, del peligro que afrontaban en una nación codiciosa “que nos acecha y nos divide”. No hubo en su concepto unitario y descolonizado, como nuestros adversarios intentan hacer creer, espacio para anhelos anexionistas: “Y con letras de luz se ha de leer que no buscamos, en este nuevo sacrificio, meras formas, ni la perpetuación del alma colonial en nuestra vida, con novedades de uniforme yankee […]”, expresó, antes de acentuar:


¿Y temeremos a la nieve extranjera? Los que no saben bregar con sus manos en la vida, o miden el corazón de los demás por su corazón espantadizo, o creen que los pueblos son meros tableros de ajedrez, o están tan criados en la esclavitud que necesitan quien les sujete el estribo para salir de ella, esos buscarán en un pueblo de componentes extraños y hostiles la república que sólo asegura el bienestar cuando se le administra en acuerdo con el carácter propio, y de modo que se acendre y realce. A quien crea que falta a los cubanos coraje y capacidad para vivir por sí en la tierra creada por su valor, le decimos: “Mienten” (Martí, t. 4, 1975: 277).


Cuando envió como emisario a Cuba a Gerardo Castellanos para conectar a los revolucionarios de la Isla con el Partido, le indicó transmitir dos mensajes: el movimiento tenía un carácter nacional y debía comprender a todos los sectores sociales, incluidos los autonomistas que mostraran interés en incorporarse; aunque a ellos no les pedía compromiso, solo que al estallar la guerra el Partido Liberal estuviese disuelto o presto a disolverse. Dejó así abierto el portón a una franja ligada a ese ideal más por lazos emocionales que ideológicos, como probó la vida cuando Valeriano Weyler bestializó los métodos de enfrentamiento a la insurgencia y no pocos de ellos se incorporaron a la manigua. Con los anexionistas, en cambio, no había arreglo alguno. Solo sugirió no confrontarlos, para evitar que Estados Unidos se negara a reconocer la beligerancia. Debían conquistar la simpatía del gobierno estadounidense “…sin la cual la independencia sería muy difícil de lograr y muy difícil de mantener” (Castellanos, 2009: 110).


En vísperas de su muerte en Dos Ríos, le escribió a Manuel Mercado que sabía a España derrotada y no le preocupaban los autonomistas, a quienes solo importaba “…un amo, yanqui o español, que les mantenga o les cree, en premio de oficios de celestinos, la posición de prohombres, desdeñosos de la masa pujante, —la masa mestiza, hábil y conmovedora del país,— la masa inteligente y creadora de blancos y de negros”. El gran desafío de la revolución estaba en “…impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América”. Y esa máxima se convirtió en el sentido de su vida, por ella lo afrontó todo: “Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso”, confesó (Martí, t. 4, 1975: 167-168).


Para el Gobierno Revolucionario debe constituirse en una prioridad generar un clima de intercambio sistemático, que involucre —con su obra y palabra— a artistas, escritores e intelectuales en general. También es necesaria la participación de cuadros y funcionarios de las instituciones responsabilizadas con el proceso de toma de decisiones en asuntos que nos conciernen a todos y casi nunca concurren a los espacios de debate. La Revolución necesita crear cada día nuevas formas de participación a una intelectualidad “incómoda”, que se bañe de Sol y que también se fije en las manchas. “…el amor, la justicia y la solidaridad, no se alcanzan de una vez para siempre; han de ser conquistados cada día. No es posible conformarse con lo que ya se ha conseguido en el pasado e instalarse, y disfrutarlo como si esa situación nos llevara a desconocer que todavía muchos hermanos nuestros sufren situaciones de injusticia que nos reclaman a todos”, apuntó con sabiduría el papa Francisco (2020: 4).


La mutilación del análisis social crítico y el enajenarse de su compromiso ciudadano incapacitaron a la intelectualidad de la URSS y Europa del Este para derrotar en el plano teórico a la doctrina neoliberal. Esa es una lección para no olvidar, como tampoco puede ignorarse que la academia occidental ultrafragmentó el campo temático de las ciencias sociales para neutralizar su poder revolucionario. Cuba no está ajena al influjo de ambas corrientes. Se necesita de un clima que estimule el debate y el análisis social crítico, transformador, y también se necesita de mucha responsabilidad con nuestra historia y nuestras bases populares. “El pueblo es la meta principal. En el pueblo hay que pensar primero que en nosotros mismos. Y esa es la única actitud que puede definirse como una actitud verdaderamente revolucionaria”, definió hace 60 años Fidel en la reunión con los intelectuales en la Biblioteca Nacional (Castro, 2016: 19).


La subversión y el desarrollo de las comunicaciones alimentan y dan soporte a la más formidable batalla ideológica que ha debido librar el país. No se puede vencer con sectarismos ni consignas. Se requiere audacia y la articulación de todo el arsenal forjado por la Revolución en sus universidades y escuelas, sin importar en qué confín del planeta se halle. A ese propósito debemos sumar a todos nuestros aliados de izquierda que asumen a Cuba como un asunto personal.


No hay margen a la ingenuidad. La reacción socio-liberal se extiende entre un segmento no despreciable de profesionales graduados en universidades cubanas que hoy residen en el exterior y también cuenta con expresión en la Isla. Intenta envolvernos en un escepticismo inducido sobre nuestras posibilidades de salir adelante y vencer los colosales desafíos que afrontamos. Se nos trata de persuadir de que resulta quimérico pretender un camino propio; fue este el halo que cubrió el pensamiento colonial y neocolonial durante cinco siglos.


Los socio-liberales criollos rechazan el Partido de la unidad y abogan por un capitalismo al estilo de Suecia. Nos necesitan fragmentados para derruir la barrera histórica e ideológica, porque ¿de qué otra forma someter el espíritu de un pueblo fundido en su ideal independentista? Tampoco quieren un Estado ni la institucionalidad que se dio la nación, porque así lo exige un poder global para quien nada resulta suficiente; menos, una Revolución que cristalizó los sueños de justicia e igualdad social de muchas generaciones y se ha erigido símbolo universal por la entereza con que enfrenta demonios ajenos y propios.


A 90 millas de Estados Unidos no es posible un “nacionalismo de derecha”, como denominó Fernando Martínez Heredia a la fábula narrada por quienes nos creen tontos. La burguesía en la República mediatizada fue antinacional. Un retroceso expondría el país a la voracidad de su vecino y, al igual que en 1902, nuestras bases populares quedarían a merced de lobos y cerdos. Ellas lo saben. El problema no es la forma de pensar de la nueva hornada o su inclinación política: se han propuesto hacerse del poder y está en curso una operación de lavado de imagen de los programas de cambio de régimen financiados por la Usaid, la NED y Open Society, para encubrir su carácter antinacional.


Debo volver a la historia. En 1900 la Asamblea Constituyente se quebró ante las presiones de Estados Unidos y asumió la Enmienda Platt como apéndice constitucional; lo hizo a puertas cerradas, a espaldas del pueblo. Tras un debate liderado desde el campo independentista por Juan Gualberto Gómez y Salvador Cisneros Betancourt, la balanza se inclinó cuando cambió su voto Manuel Sanguily. No se sabía que su hermano, el general Julio —por quien Manuel sentía un cariño con lástima: era adicto al alcohol y al juego— había vendido el levantamiento del 24 de Febrero y andaba con una maleta de dólares del gobierno interventor para adquirir almas patrióticas. No compró a Manuel; pero no tengo duda de que influyó en él hasta hacerle creer que no existía otra opción para que las tropas yanquis abandonaran la Isla. Instaurada la República el 20 de mayo de 1902, asumió su presidencia Tomás Estrada Palma, el hombre que hizo del anexionismo el sentido de su vida, y no más asumir la dirección del Partido lo desconectó de sus bases. Muertos Martí y Maceo, la gente humilde del país no contaba con una vanguardia política e intelectual. Se necesitaron otros 60 años, y derramar mucha sangre sagrada, para levantar la nación. La Revolución forjó varias generaciones determinadas a correr su suerte con los pobres de la tierra; dispuestas a entregar su vida por esos ideales, lo mismo en la lucha ideológica que con un fusil. A estas alturas, eso debieran saberlo nuestros adversarios. No entregaremos de rodillas la patria que nos legaron de pie.


Bibliografía:

Castellanos García, Gerardo: Misión a Cuba: Cayo Hueso y Martí, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2009.

Castells, Manuel: Redes de indignación y esperanza. Los movimientos sociales en la era de Internet, Madrid, Alianza Editorial, S. A., 2013.

Castro Ruz, Fidel: “Palabras a los intelectuales”, en Un texto absolutamente vigente. A 55 años de “Palabras a los intelectuales”, La Habana, Ediciones Unión, 2016.

Escobar, Luz: “El 27 de noviembre nos devolvió la esperanza en Cuba”, El Universal (México, D.F.), 7 de diciembre de 2020. Disponible: https://www.eluniversal.com.mx/mundo/cronica-el-27-de-noviembre-nos-devolvio-la-esperanza-en-cuba (Consultado 8 / 12 / 2020).

Martí Pérez, José: Obras completas, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1975.

Papa Francisco: Carta encíclica Fratelli Tutti del santo padre Francisco sobre la fraternidad y la amistad social (folleto), Vaticano, Libreria Editrice Vaticana, 2020.

Prieto, Abel: Apuntes en torno a la guerra cultural, La Habana, Ocean Sur, 2017.

“Cultura y revolución”, Granma (La Habana), 4 de diciembre de 2020.


*Historiador y Licenciado en Derecho. Vicepresidente primero de la Asociación de Escritores de la UNEAC. Autor de los libros "Cuba entre tres imperios: perla, llave y antemural", "Cuba Libre: la utopía secuestrada", "Cuba: ¿Fin de la Historia? y "Sombras de la Guerra Fría"


“La sociedad no puede ser enemiga de sí misma... Si un medio de comunicación no está aportando y contribuyendo a la elevación educativa, cultural y espiritual de todos sus miembros merece ser cerrada, así de simple... Debido a que la propiedad de los medios de comunicación no es la libertad de expresión de la sociedad”... ‘ArgosIs-Internacional’ es una Agencia de Información en la Red, de carácter social (POR AHORA) con sede en la Ciudad de Miami, Florida, Estados Unidos; fundada en 1991… Web: http://www.argosisinternacional.com… Miembro de la ‘Federación Latinoamericana de Periodistas’ (FELAP)… Web: http://www.felap.info...


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