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Francia: Ultraderecha con posibilidad de volver al poder en Francia

29/04/2017

 

FRANCIA… ARGOSIS: ABRIL 22 DE 2017…

 

xRoger Cohen.

The New York Times.

PARÍS…

 

Desde hace tiempo, Francia ha sido un país que no se gusta a sí mismo. En algún momento, entre la humillación de la II Guerra Mundial, su decepción con la integración europea y su incomodidad con la globalización, Francia cayó en el malhumor. Los trenes corrían a gran velocidad, Francia hacía mohínes. Refunfuñar se convirtió en su estilo de vida, su respuesta a la grandeza perdida. Ahora, Francia parece estar dispuesta a ventilar esa rabia que ha ido madurando lentamente en una elección que podría significar el regreso de la extrema derecha al poder por primera vez desde los años 1940 y el de Europa a una turbulencia no vista desde esos tiempos.

 

Si gana Marine Le Pen del Frente Nacional, ella ha advertido que sacaría a Francia del euro, la moneda común europea, y restablecería el franco. De ahí podría seguir con la salida de la Unión Europea. Esto constituiría una ruptura económica y política tan violenta que incluso la victoria de Donald Trump en Estados Unidos y la decisión del Reino Unido de abandonar la Unión Europea palidecerían a su lado. Europa, y no solo sus mercados, quedaría trastocada. El presidente ruso Vladimir Putin, que ha estado interfiriendo, estaría muy contento.

 

Francia parece estar dispuesta a ventilar esa rabia que ha ido madurando lentamente en una elección que podría significar el regreso de la extrema derecha.

 

Pero la victoria de Le Pen está lejos de ser segura; es posible pero no probable. Cuando regresé a Francia a fines del mes pasado, al brillo de París y la penumbra de las provincias, me impresionó lo mucho que se ha incorporado en la corriente convencional el partido de Le Pen, cuya ideología racista otrora fuera tabú. La tendencia que había prevalecido a lo largo de la V República –la alternancia del centro-izquierda y el centro-derecha– parece agotada. Los franceses están hartos de presidentes socialistas y republicanos cada vez más indistinguibles entre sí. El presidente François Hollande, socialista con un índice de aprobación de menos de 10, decidió no contender por su segundo mandato. Como en otras partes de Occidente, los partidos tradicionales, desprovistos de ideas atractivas, están en crisis, zarandeados por las movilizaciones organizadas desde las redes sociales.

 

La primera ronda electoral del 23 de abril casi con toda seguridad enviará al desempate el 7 de mayo a Le Pen y a Emmanuel Macron, un líder incipiente de 39 años de edad, abanderado de un movimiento centrista llamado En Marcha: la nacionalista xenofóbica contra el neófito proeuropeo.

 

Las encuestas los ponen a los dos con una ventaja clara, aunque estrecha, sobre el candidato del partido Republicanos, François Fillon, acosado por los escándalos, y sobre el izquierdista Jean-Luc Mélenchon, del partido Francia Insumisa, cuyo apoyo ha repuntado estos últimos días. La izquierda, que sigue cantando La Internacional y apostándole a la lucha de clases, está en desbandada. La inclinación a acabar con el sistema encontró suelo fértil. La gente está harta de los expertos. “Ça suffit!”, “¡Ya basta!”, es un grito que se escucha mucho. Y si la perturbación causa el diluvio, que así sea.

 

Es desconcertante este pesimismo de fin de los tiempos. Un desempleo de casi 10 por ciento y un crecimiento prácticamente imperceptible no alcanzan a explicarlo. La infraestructura es un mentís al deterioro estadounidense. El seguro médico universal funciona en Francia. Savoir-vivre, el arte de vivir, no es solo una frase vacía. Desde Estados Unidos hasta China, Francia sigue despertando la imaginación del mundo. Es una tierra de placeres únicos.

 

ENFOCADOS EN EL FRACASO

 

Empero, eso parece servir de escaso consuelo. Más bien, los franceses están enfocados en los fracasos de su país: haber enviado a judíos a su muerte durante el régimen de Vichy, su doloroso pasado colonial en Argelia, sus trastabillantes intentos por integrar una de las comunidades musulmanas más grandes de Europa, su costo y a veces rígido estado asistencial, su ambigua relación con el capitalismo global, su deshilachado modelo de laicismo destinado a incorporar las diferencias religiones en los valores de la república francesa. Todos se desgarran las vestiduras incesantemente por esto.

 

“Hay cierto masoquismo francés”, me dijo el escritor Pascal Bruckner. “Somos un país que no realiza su potencial. Rumiamos el pasado. Después de 1989, pensamos que Europa sería francesa. Pero los modelos de Alemania y de Thatcher funcionaron mejor. Así que caímos en la mediocridad.”

 

El politólogo Jacques Rupnick lo explica de este modo: “Francia sufre de inseguridad cultural y civilizacional. Mucha gente se siente desposeída de cierto modo.”

 

Esta sensación de despojo, de pérdida, es lo que ha aprovechado el Frente Nacional: pérdida de identidad, de empleos, inseguridad en las fronteras; pérdida de fe en un sistema político corrupto. “¡Estamos en casa!” es el extraño grito de batalla del partido, que se corea en todos los actos. Pero, ¿de dónde viene esa patológica necesidad de reafirmar la pertenencia y quiénes son el “nosotros” de “estamos”? Los millones de inmigrantes de África del norte y del Magreb, muchos de ellos musulmanes, no parecen estar incluidos.

 

“No hay derecha ni izquierda. Esta elección es un enfrentamiento del patriotismo contra la globalización”, me dijo Nicolas Bay, secretario general del Frente Nacional. “Por eso deberíamos acabar con la inmigración. Si en la segunda ronda es Le Pen contra el globalista Macron, quedará muy claro de qué trata esta contienda: ¿defendemos a la nación o la nación está acabada?”

 

Macron fue banquero y ministro de Economía con Hollande. Pequeño, de relucientes ojos azules, su argumento es que es pragmático y conocedor de la tecnología que tiene la capacidad de revitalizar a Francia. Pero nadie sabe exactamente qué es lo que trae por dentro. Para sus admiradores, es un hombre de acción, pero sus detractores consideran que simplemente está cubriendo sus apuestas. Pero nadie puede negar su notable adelanto. En Marcha se fundó hace apenas un año y se ha convertido en la única esperanza de quienes quieren detener a Le Pen.

 

En una entrevista, Macron me dijo: “Mire, ¿queremos reforzar a Europa, tener a una Francia reformada y fuerte, o simplemente queremos salirnos de este mundo y regresar al siglo XIX? Lo que propone Le Pen no daría resultado ni por un segundo.”

 

De París me fui a Metz, en la provincia francesa de Lorena. Afuera de la estación, inaugurada en 1908 cuando la ciudad formaba parte de Alemania, encontré banderas francesas, alemanas y europeas ondeando al viento para celebrar la semana “Metz Wunderbar” (“Metz maravillosa”), un festejo de la amistad franco-germana. Así es la Europa de hoy en día: una casa compartida construida sobre fronteras trazadas con sangre. Lorena cerró su última mina de mineral de hierro hace unos 20 años. La región ha luchado por reemplazar esa industria con la de servicios. El Frente Nacional ha prosperado.

 

DISTANCIARSE DEL ANTISEMITISMO

 

En un restaurante me topé con Thierry Corona, sommelier en la vecina Koenigsmacker que vino a asistir a un acto político de Le Pen. En la solapa llevaba prendida una rosa azul, el símbolo de la campaña de Le Pen. Corona estaba animadísimo. Le Pen impulsaría la industria del vino revocando una ley “políticamente correcta” que limita la publicidad. Ella le pondría fin a la “dictadura de Bruselas” y reconstruiría “Francia para los franceses”.

 

Corona me llevó a una mesa cercana donde estaba almorzando Florian Philippot, uno de los principales asesores de Le Pen. Philippot es el arquitecto de la campaña por reformular al partido desprendiéndolo de sus antecedentes fascistas y antisemitas (Jean-Marie Le Pen, fundador del partido y padre de Marine, afirma que el Holocausto fue un “detalle” en la historia) y reemplazándolo por un nacionalismo económico de “Francia primero”. Philippot es un operador sagaz. En ese momento no tenía tiempo para hablar, pero lo vi media hora después en el acto, hablándole a la multitud mientras una pantalla proyectaba imágenes de Le Pen a caballo con un perro buscando trufas, evocando la conexión con la “Francia profunda”, la Francia rural que sigue siendo de rigor para cualquier carrera política.

 

“¡Estamos en casa!”, rugió la multitud. Philippot se comprometió a que pronto serían cosa del pasado los “islamistas radicales que se pasean por nuestras ciudades”. Llamó a Macron agente de las altas finanzas, un hombre que está “reciclando todo lo que ha arruinado a Francia”. Alguien entre la multitud gritó: “¡Rothschild!” y después, otra vez, “¡Rothschild!”: una referencia al banco donde alguna vez trabajó Macron. El trabajo por librar al Frente Nacional de su antisemitismo todavía no termina.

 

En efecto, Le Pen reabrió viejas heridas al insistir en que Francia no fue responsable de la operación del Velódromo de Invierno, un estadio donde en 1942 fueron congregados 13,000 judíos para ser enviados a Auschwitz. Ella trató de presentar al régimen de Vichy, colaborador de los nazis durante la guerra, como algo diferente de Francia, lo cual es una evasión asombrosa.

 

Europa significaba estabilidad y paz. Ahora los refugiados y los solicitantes de asilo atraviesan las porosas fronteras de la Unión Europea. Para que los inmigrantes encuentren empleo se necesita un mercado laboral abierto y flexible. Pero el omnipresente estado asistencial francés –financiado por las aportaciones obligatorias para pensiones, seguro médico y seguro de desempleo que elevan el costo de los salarios– tiende hacia la inflexibilidad. Los despidos pueden ser tediosos y costosos, así que hay reticencias para contratar. El desempleo entre los jóvenes es de alrededor del 25 por ciento. Más del 31 por ciento del producto interno bruto se dedica a pagar seguro médico, seguro de desempleo y otras prestaciones, mientras que en Francia esa cifra es del 24.6 por ciento. Francia tomó una decisión estructural por el desempleo. Todo el mundo lo sabe. Pero el apego a ese modelo es feroz, por lo que toda discusión honesta se considera tabú.

 

El primer debate presidencial, organizado el mes pasado, fue un ejercicio de evasivas. Los moderadores redefinieron al periodismo como pasividad obsequiosa. Macron, Fillon y el candidato socialista, Benoît Hamon, iban vestidos igual: traje y corbata azul, y sus respuestas apenas difirieron más que su atuendo. Nadie le preguntó a Fillon, ex primer ministro, sobre el hecho de que está siendo investigado por la acusación de que empleó a su esposa y a sus hijos en puestos ficticios como asistentes.

 

Fillon, conservador en lo social pero que está en favor de reformas de libre mercado y la desregulación del mercado laboral, se veía formidable antes de que estallara el escándalo. Él había prometido hacerse a un lado en caso de que hubiera una pesquisa judicial formal. Pero luego se desdijo, lo que enfureció a la gente. El desdén de la clase política por el electorado quedó resumido en esa media vuelta. El disgusto de los votantes ha impulsado al Frente Nacional, pese a que la misma Le Pen está envuelta en una investigación por fraude financiero en el Parlamento Europeo, y ha aprovechado su inmunidad parlamentaria para evitar los citatorios de la policía.

 

LA RUTA DE LA VICTORIA

 

Su camino a la victoria es más o menos como sigue. Ella llega a la segunda ronda con un 24 por ciento del voto. Macron es su oponente, con más o menos la misma puntuación. El electorado más de derecha de Fillon se va con Le Pen. Los simpatizantes del candidato de extrema izquierda, Mélenchon, se niegan a votar por Macron: están hartos de que les hablen del “voto útil” y convencidos de que Macron, pese a su discurso progresista, implementará un capitalismo global “neoliberal”. Algunos seguidores de Hamon también se negarán a apoyar a Macron. El índice de abstencionismo se dispara. Le Pen logra rebasar al umbral del 50 por ciento y consigue la presidencia.

 

Podría pasar. Después del Brexit y de Trump, solo un tonto diría que no. La línea de ataque de Le Pen contra Macron es clara: él es la perpetuación de Hollande, el representante del “sistema” y producto de las “finanzas internacionales”, con todo lo que eso implica. Ese ataque es muy desagradable pero eso no significa que no dé resultado. Rusia está ayudando. El sitio Web de propaganda rusa Sputnik se ha cebado en Macron para atacarlo. Es el que promovió el rumor de que Macron es gay y que vive con el director de Radio Francia. Los rumores fueron tan insistentes que Macron, que está casado con quien fuera su profesora en el liceo, se vio obligado a desmentirlos.

 

Una cosa es segura: Le Pen necesita distraer la atención de su programa económico, un batiburrillo de medidas nacionalistas y estatistas combinadas con el abandono del euro, lo que por sí mismo podría enviar en picada a los bancos franceses. El miedo a esa catástrofe es el obstáculo más grande que Le Pen tiene que superar.

 

Encontré a Macron en París, respondiendo preguntas en un evento de Yahoo News, en francés y después en inglés (algo radical para un político francés). La primera pregunta fue si “Macron explícito” es un contrasentido. Él se rio. Dijo que es pragmático, sutil, interesado sobre todo en los resultados. Su familia política es amplia: la derecha moderada proeuropea, los socialistas, los progresistas, los “ecologistas razonables”. Abogó por “reformas fuertes” del mercado laboral, bajarles los impuestos a las empresas y revitalizar la capacitación técnica.

 

“La modernidad es disruptiva y yo apoyo eso”, declaró.

 

Como ministro de Economía, la “disrupción” de Macron consistió en permitir que las tiendas abrieran en domingos y crear lo que todavía se llaman “autobuses Macron” para ofrecer competencia barata al ferrocarril en viajes dentro de Francia: ¡la desregulación al estilo francés! Se necesitan más reformas, pero eso ha resultado esquivo pues nadie quiere renunciar a los beneficios que ya tienen. También está por verse que Macron sea capaz de forjar una base parlamentaria para el cambio.

 

Como sea, él ha demostrado que puede romper moldes. Quizá su característica más atractiva sea su valiente apego por la Unión Europea y su compromiso de ayudar a los refugiados. “Somos un continente de refugiados y si decimos que no podemos integrarlos, eso no está conforme con nuestros valores, aunque no podamos tener las fronteras abiertas de par en par.”

 

En Sumisión, su exitosa novela, Michel Houellebecq observa: “La brecha creciente –el abismo– entre la población y aquellos que hablan en su nombre, políticos y periodistas, ha conducido necesariamente a algo caótico, violento e impredecible. Francia, al igual que otros países occidentales, se ha estado dirigiendo desde hace tiempo a la guerra civil.”

 

Fuente: http://www.elnuevoherald.com/opinion-es/trasfondo/article146073974.html

 

*Dra. Anabel Madiedo Oropeza... (Pinar del Río/C. PInar del Río. Cuba) Diciembre 30 -1967... Reside en la Ciudad de Pinar del Río. Provincia Pinar del Río, Cuba... Residencia temporal en Palmeiras de Tocantins, RF del Brasil... Doctora en Medicina, Especialista de Primer Grado en Medicina General Integral... Máster en Atención Integral a la Mujer... anitamadiedo@gmail.com – Secretaria General de la Agencia de Información ‘ArgosIs-Internacional’ en la Red... argosissecretariageneral@yahoo.com – Web: http://www.argosisinternacional.com - Twitter...  http://twitter.com/@AnabelMadiedo...

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