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Afganistán: AFGANISTÁN 1979-1992. La jihad norteamericana (capítulo 53 de 'Asesinando la esperanza', de William Blum)

29/04/2017

 

AFGANISTAN… ARGOSIS: ABRIL 25 DE 2017…

 

xWilliam Blum*

 

Sus seguidores llamaron la atención por primera vez al arrojar ácido en la cara de las mujeres que se negaban a usar el velo. Los funcionarios del Departamento de Estado y de la CIA con los que he hablado lo califican de “miedoso”, “vicioso”, “un fascista”, “con condiciones definitivas para la dictadura". (1)

 

Esto no impidió que el Gobierno de EE.UU. hiciera llover sobre ese hombre grandes cantidades de ayuda para pelear contra el Gobierno de Afganistán sostenido por los soviéticos. Su nombre era Gulbudin Hekmatyar, era el jefe del Partido Islámico y odiaba a los norteamericanos casi tanto como a los rusos. Sus seguidores gritaban “Muerte a Norteamérica” junto con “Muerte a la Unión Soviética”, sólo que los rusos no les enviaban ayuda. (2)

 

Washington comenzó a apoyar a los fundamentalistas islámicos afganos en 1979 a pesar del hecho de que en febrero de ese año algunos de ellos secuestraron al embajador estadounidense en Kabul, lo que condujo a su muerte al intentar rescatarlo. El apoyo continuó incluso después que sus hermanos fundamentalistas islámicos de lrán se apoderasen de la Embajada de EE.UU. en Teherán en noviembre y mantuviesen a 55 norteamericanos como rehenes por más de un año. Después de todo, Hekmatyar y sus colegas combatían contra el imperio soviético del mal, de modo que era un importante miembro de esas fuerzas que Ronald Reagan llamaba “luchadores por la libertad”.

 

El 27 de abril de 1978, un golpe escenificado por el Partido Democrático del Pueblo derrocó el gobierno de Mohammad Daoud. Este a su vez habia derrocado a la monarquía cinco años antes y había establecido una república, aunque era miembro de la familia real. Habia sido apoyado por la izquierda en este empeño, pero con el tiempo la sangre real de Daoud demostró tener más peso que su vena democrática.

 

Cuando su régimen dio muerte al jefe del PDP, arrestó al resto de sus dirigentes y expulsó a cientos de sospechosos de simpatizar con el partido de sus puestos en el Gobierno, el PDP, ayudado por partidarios en el ejército, se rebeló y tomó el poder.

 

Afganistán era una nación atrasada: una expectativa de vida de alrededor de cuarenta años, mortalidad infantil de 25%, una estructura sanitaria absolutamente primitiva, desnutrición generalizada, analfabetismo de más de 90%, muy pocas carreteras, ni un kilómetro de ferrocarril, la mayoría de la gente viviendo en tribus nómadas o como empobrecidos granjeros en aldeas de barro, más identificados con grupos étnicos particulares que con un concepto político de mayor alcance: una vida muy parecida a la que había llevado muchos siglos atrás. El nuevo Gobierno ambicionaba llevar a cabo reformas de corte socialista: reforma agraria (aunque conservando la propiedad privada), controles sobre los precios y las ganancias y reforzamiento del sector público, al igual que la separación de la Iglesia y el Estado, erradicación del analfabetismo, legalización de los sindicatos y la emancipación de la mujer en una tierra casi por completo musulmana.

 

La frontera de Afganistán con la URSS, de mil millas de largo, ha provocado por siempre una relación especial. Incluso en tiempos de la monarquía el país había estado bajo la fuerte influencia de su poderoso vecino del norte, que había sido por mucho tiempo su mayor socio comercial, donante de ayuda y suministrador militar. Pero el país nunca había sido engullido por los soviéticos, un hecho que da visos de veracidad tal vez a la con frecuencia repetida declaración de la URSS de que su hegemonía sobre Europa del Este era sólo para crear una barrera entre el Occidente (a menudo invasor) y su país.

 

No obstante, por varias décadas Washington y el sha de Irán trataron de presionar y sobornar a Afganistán para contrarrestar la influencia rusa en su territorio. Durante el régimen de Daoud, Irán, alentado por EE.UU., buscó reemplazar a la URSS como el mayor donante de Kabul, con un acuerdo de ayuda económica por valor de 2.000 millones, y urgió a Afganistán a unirse a la Cooperación Regional para el Desarrollo, constituida por Irán, Pakistán y Turquía (esta organización fue acusada por la Unión Soviética y sus amigos en el país afgano de ser “una rama de la OTNAC” [Organización del Tratado de Naciones de Asia Central], el pacto de seguridad regional creado en los años 50 como parte de la política norteamericana de “contención” de la URSS). Al mismo tiempo, la infame policía secreta de Irán, SAVAK, estaba ocupada buscando a los sospechosos de simpatizar con los comunistas en el Gobierno afgano y en su Ejército. En septiembre de 1975, Daoud fue presionado por lrán, lo que condicionó su ayuda a determinada política; despidió a 40 oficiales entrenados en la URSS y dio pasos para reducir la dependencia futura del país en este aspecto al iniciar acuerdos para entrenamientos militares con India y Egipto. Lo más importante, a los ojos de los soviéticos, fue que Daoud rompió poco a poco su alianza con el PDP; anunció que formaría su propio partido y prohibiría toda otra actividad política bajo una nueva Constitución en proyecto. (3)

 

Selig Harrison, el especialista en Asia del sur del Washington Post, escribió un articulo en 1979 titulado: “El sha, no el Kremlin, provocó el golpe afgano”, y concluía:

 

La toma de poder comunista en Kabul [abril de 1978] se produjo en ese momento y en la forma en que lo hizo, porque el sha perturbó el delicado equilibrio que había existido en Afganistán entre la Unión Soviética y Occidente por casi tres décadas. A los ojos norteamericanos e iraníes, la ofensiva de Teherán estaba destinada simplemente a hacer más real el status no alineado de Kabul, pero fue mucho más lejos que eso. Dada su excepcionalmente larga frontera con Afganistán, la Unión Soviética realizaría a las claras grandes esfuerzos para evitar que Kabul se moviera de nuevo hacia una situación pro occidental." (4)

 

Cuando el sha fue derrocado en enero de 1979, EE.UU. perdió a su aliado principal y guardián de la región limítrofe con la URSS, al igual que sus instalaciones militares y las estaciones de monitoreo electrónico dirigidas hacia la URSS. Los guerreros fríos de Washington sólo podían contemplar a Afganistán con más recelo que nunca. Después de la revolución de abril, el nuevo Gobierno bajo el presidente Noor Mohammed Taraki declaró su compromiso con el Islam dentro de un Estado seglar, y con el no alineamiento en su política exterior. Mantuvo que el golpe no había sido inspirado desde el extranjero, que no había una toma de poder comunista y que no eran comunistas ellos mismos sino nacionalistas y revolucionarios (no habia existido nunca en Afganistán un partido comunista oficial o tradicional) (5). Pero a causa de su programa radical de reformas, su discurso sobre la lucha de clases y el anti-imperialismo, su apoyo a todos los sospechosos habituales (Cuba, Corea del Norte, etc.), su firma de un tratado de amistad y otros acuerdos de cooperación con la URSS, y dada la creciente presencia en el país de asesores civiles y militares soviéticos (aunque probablemente en número menor a los que EE.UU. tenía en Irán en esa misma etapa), fue calificado de comunista por los medios de prensa mundiales y por sus opositores internos. 

 

Si podía o no ser llamado comunista en realidad el nuevo Gobierno afgano y no representaba gran diferencia, las lineas estaban trazadas para la batalla política, militar y propagandística: una jihad (guerra santa) entre fundamentalistas musulmanes e “impíos ateos comunistas”; entre el nacionalismo afgano y el Gobierno “bajo dominio soviético”; entre los grandes terratenientes, jefes tribales, hombres de negocios, la extendida familia real y otros, y las reformas económicas del Gobierno. El primer ministro dijo acerca de esta élite que resultaba necesaria para mantener el funcionamiento del pais: “[...] haremos todos los esfuerzos para atraerlos. Pero queremos reeducarlos de manera tal que deban pensar en el pueblo y no, como antes, sólo en si mismos: tener una buena casa y un lindo auto mientras otra gente muere de hambre” (6)

 

El Gobierno afgano trataba de traer al país al siglo XX. En mayo de 1979 el científico político Fred Halliday observó que “ha habido más cambios en el campo probablemente en este último año que en los dos siglos desde que se estableció el Estado”. Se habían cancelado las deudas de los campesinos con los terratenientes, fue abolido el sistema de usura (que mantenía a los campesinos en perpetuo endeudamiento al tener que pedir dinero contra la cosecha venidera), y cientos de escuelas y clínicas médicas fueron construidas en el campo. Halliday también reportaba que un programa sustancial de redistribución de la tierra se estaba llevando a cabo, y que la mayoría de las 200.000 familias planificadas para recibir terrenos en el mismo ya estaban en posesión de ellos. Pero esto último debe ser asumido con reserva. La reforma agraria revolucionaria es siempre una empresa extremadamente compleja y precaria, incluso en las condiciones ideales, y el Afganistán atrasado y atado a la tradición, en medio de una incipiente guerra civil, difícilmente podía ofrecer las condiciones ideales para experimentos sociales.

 

Las reformas también se encaminaron a la sensible área de la subyugación islámica de la mujer al ¡legalizar el matrimonio en la niñez y la entrega de una mujer en matrimonio a cambio de dinero o bienes; al enseñar a las mujeres a leer, en un momento en que ciertos sectores islámicos estaban pidiendo abiertamente el fortalecimiento de la purdah (segregación de la mujer de la observación pública). Halliday hacía notar que el Partido Democrático del Pueblo veía a la URSS como la única fuerza de apoyo real para la tan esperada modernización (7). Después de todo, los primos soviéticos de la misma etnia de los analfabetos afganos, eran con frecuencia graduados universitarios y profesionales.

 

El argumento de los rebeldes “mujaidines” (“guerreros santos”) acerca de que el Gobierno “comunista” les limitaría su libertad religiosa nunca tuvo base real en la práctica. Año y medio después del cambio de gobierno, la revista británica conservadora The Economist reportaba que “no se han impuesto restricciones a la práctica religiosa” (8). Antes el New York Times había afirmado que el tema religioso “está siendo utilizado por algunos afganos que en realidad objetan más los planes del presidente Taraki para la reforma agraria y otros cambios en esa sociedad feudal” (9). Muchos de los clérigos musulmanes eran de hecho ricos terratenientes (10). Los rebeldes, concluía un reportero de la BBC que había pasado cuatro meses entre ellos, estaban “peleando por conservar su sistema feudal y detener las reformas de izquierda del gobierno de Kabul, las cuales consideran antislámicas” (11).

 

Las otras dos naciones que compartían una larga frontera con Afganistán, y que eran aliadas cercanas de EE.UU., expresaban sus temores sobre el nuevo Gobierno. Hacia el oeste, Irán, todavía bajo el sha, se preocupaba acerca de “amenazas de un Afganistán hostil y expansionista” (12). Un antiguo embajador norteamericano en Afganistán lo describió como parte de un “movimiento de pinza gradual dirigido a cerrarse sobre Irán y las regiones petroleras del Medio Oriente” (13). Ninguno de estos temores demostró tener sustancia o evidencia en que apoyarse, pero para la mentalidad anticomunista esto probaba que los rusos y sus títeres afganos debían ser detenidos a tiempo. 

 

Dos meses después del golpe de abril de 1978, se formó una alianza por un grupo de facciones islámicas conservadoras que comenzó una guerra de guerrillas contra el Gobierno (14). Hacia la primavera de 1979, los combates tenían lugar en muchos frentes, y el Departamento de Estado alertaba a la URSS que sus asesores en Afganistán no debían intervenir en una lucha civil. Una de estas advertencias, hecha por el portavoz del Departamento de Estado Hodding Carter, resultó otro de esos monumentos de Washington al descaro: “Esperamos que el principio de no intervención sea respetado por todas las partes en el área, incluida la Unión Soviética” (15). Esto mientras los soviéticos acusaban a la CIA de armar a los exiliados afganos en Pakistán, y el Gobierno de Kabul acusaba a Pakistán e lrán de ayudar a los guerrilleros e incluso de cruzar la frontera para tomar parte en los combates. Pakistán habia efectuado recientemente su propio giro radical hacia la estricta ortodoxia musulmana, deplorado por el Gobierno afgano que lo calificó de “fanático” (16), mientras que en enero Irán había establecido un Estado musulmán después de derrocar al sha (en oposición a los fundamentalistas afganos luchadores por la libertad, los fundamentalistas iraníes islámicos son calificados en Occidente de terroristas, ultrarreaccionarios y antidemocráticos).

 

Una “táctica favorita” de los luchadores por la libertad afganos era “torturar a sus víctimas [a menudo soviéticos] cortándoles primeros las narices, orejas y genitales, para luego despellejarlos”, hasta llevar a una “muerte lenta, en extremo dolorosa" (17).

 

Los mujaidines también dieron muerte a un turista canadiense y a seis germano-occidentales, entre ellos dos niños, y un agregado militar norteamericano fue sacado a rastras de su auto y golpeado, todo debido al parecer por la incapacidad de los rebeldes de distinguir a los rusos de otros europeos (18).

 

En marzo de 1979 Taraki fue a Moscú a presionar a los soviéticos para que enviasen tropas de infantería en ayuda del Ejército afgano para derrotar a los mujaidines. Se le prometió asistencia militar, pero no soldados de infantería. El primer ministro Kosiguin dijo al líder afgano: “La entrada de nuestras tropas en Afganistán irritaría a la comunidad internacional y desataría una cadena de consecuencias en extremo negativas en muchas áreas diferentes. Nuestros enemigos comunes están sólo esperando el momento en que los soldados soviéticos aparezcan en Afganistán. Eso les dará la excusa que necesitan para enviar bandas armadas al interior del país” (19). En septiembre la cuestión se volvió completamente académica para Taraki pues fue expulsado (y su muerte pronto anunciada) en medio de una lucha interna de su partido, para ser reemplazado por su propio primer ministro delegado, Hafizulah Amín.

 

Aunque Taraki había sido severo en ocasiones al implementar la reforma agraria y se habia buscado opositores incluso entre los beneficiarios de la misma, resultó moderado en comparación con Amín, quien trató de instituir el cambio social arremetiendo contra la tradición y la autonomía étnica y tribal.

 

El Kremlin estaba disgustado con Amín. El haber estado implicado en el derrocamiento y muerte del favorecido Taraki ya era bastante malo, pero los soviéticos también lo consideraban inadecuado para la tarea sine qua non de Moscú: evitar que se erigiera en Afganistán un Estado islámico anticomunista. Amin dio una pésima reputación a las reformas. La estación de la KGB en Kabul, al presionar por la destitución de Amín, señaló que su usurpación de poder llevaría a “crueles represiones y, en respuesta, la activación y consolidación de la oposición” (20). Además, como veremos, los soviéticos tenían muchas reservas acerca de las convicciones ideológicas de Amín. 

 

De este modo, lo que era impensable en marzo, se convirtió en realidad en diciembre: las tropas soviéticas comenzaron a llegar a Afganistán alrededor del 8 de marzo, y ha sido objeto de mucha discusión y controversia si acudían a solicitud de Amín, o con su aprobación, de lo que dependía que se hablara de “invasión” o no. El 23, el Washington Post comentaba: “No ha habido acusaciones [del Departamento de Estado] de que los soviéticos hayan invadido Afganistán, pues al parecer las tropas fueron invitadas” (21). Sin embargo, en una reunión con embajadores del bloque soviético en octubre, el ministro de Relaciones Exteriores de Amín habia criticado abiertamente a la URSS por interferir en asuntos afganos. El propio Amín insistió en que Moscú sustituyera a su embajador (22). A pesar de ello, el 26 de diciembre, mientras el grueso de las tropas soviéticas llegaba a Afganistán, Amin dio una “relajada entrevista” a un periodista árabe. Dijo en ella: “Los soviéticos suministran a mi país ayuda militar y económica, pero al mismo tiempo respetan nuestra independencia y nuestra soberanía. No interfieren en nuestros asuntos internos”. También se expresó con aprobación acerca de la disposición de la URSS de aceptar su veto sobre las bases militares (23). Al día siguiente, una fuerza militar soviética violentó el Palacio Presidencial y dio muerte a Amín (24). Fue sustituido por Babrak Karmal, quien había sido vicepresidente y primer ministro delegado en el Gobierno revolucionario de 1978.

 

Moscú negó haber tenido parte alguna en la muerte de Amín, aunque no pretendieron lamentarla, tal como lo hizo ver Brezhnev:

 

Las acciones de los agresores contra Afganistán fueron facilitadas por Amin, quien, al apoderarse del poder, inició una cruel represión contra amplios sectores de la sociedad afgana, partidos y cuadros militares, miembros de la intelectualidad y del clero musulmán, esto es, las mismas secciones en las que se apoyaba la revolución de abril. Y la gente bajo la dirección del Partido Democrático del Pueblo, encabezado por Babrak Karmal, se alzó contra la tiranía de Amín y le puso fin. Ahora en Washington y otras capitales están de duelo por Amín. Eso muestra su hipocresía con particular claridad. ¿Dónde estaban esos dolientes cuando Amín llevaba a cabo represiones masivas, cuando destituyó a la fuerza y asesinó a Taraki, el fundador del nuevo Estado afgano? (25)

 

Después de la expulsión y ejecución de Amín, el pueblo llenó las calles con “espíritu festivo”. “Si Karmal pudiera haber derrocado a Amín sin los rusos, hubiera sido considerado un héroe del pueblo”, observó un diplomático occidental (26). El Gobierno soviético y la prensa se referían reiteradamente a Amín como un “agente de la CIA", acusación que fue recibida con gran escepticismo en EE.UU. y en todas partes (27). Sin embargo, hay suficiente evidencia circunstancial que la sustenta, por lo que tal vez no deba ser descartada del todo: entre fines de los 50 y principios de los 60, Amín había asistido a la Escuela de Maestros de la Universidad de Columbia y a la Universidad de Wisconsin (28). Este era un período de auge para la CIA que reclutaba con regularidad —por medio de sobornos y amenazas impresionantes— estudiantes extranjeros en EE.UU. para que actuasen como agentes al regresar a sus países. Durante esta etapa, al menos uno de los presidentes de la Asocíación de Estudiantes Afganos (AEA ), Zia H. Nurzay, trabajaba con la CIA en EE.UU. y luego se convirtió en presidente del Tesoro estatal afgano. Uno de los estudiantes a quien Nurzay y la CIA trataron en vano de reclutar, Abdul Latíf Hotaki, declaró en 1967 que un buen número de los principales funcionarios en el Gobierno afgano que estudiaron en Norteamérica “habían sido entrenados o adoctrinados por la CIA. Algunos son miembros del gabinete” (29).  Se ha informado que en 1963 Amín encabezó la AEA, pero esto no ha sido confirmado (30). No obstante, se sabe que la AEA recibía parte de sus fondos de la Fundación Asia, principal frente de la CIA en Asia durante muchos años, y que en un momento dado Amín estuvo asociado con esta organización (31).

 

En septiembre de 1979, el mes en que Amín tomó el poder, el encargado de Negocios norteamericano en Kabul, Bruce Amstutz, comenzó a efectuar reuniones amistosas con él para asegurarle que no tenía que preocuparse por sus disgustados aliados soviéticos en tanto EE.UU. tuviera una fuerte presencia en Afganistán. La estrategia puedo haber funcionado pues más tarde en ese mismo mes, Amín convocó especialmente a Amstutz para mejorar sus relaciones con EE.UU. Dos días después. en Nueva York, el ministro de Relaciones Exteriores afgano expresó discretamente esos mismos deseos a funcionarios del Departamento de Estado. A fines de octubre, la Embajada norteamericana en Kabul informó que Amín estaba “dolorosamente consciente de la dirigencia exiliada que los soviéticos mantenían bajo la manga”, una referencia a Karmal, radicado por entonces en Checoslovaquia (32). Bajo circunstancias normales, los encuentros entre Amín y Norteamérica podían haber sido vistos como inocentes contactos diplomáticos de rutina, pero las circunstancias no eran normales: el Gobierno afgano estaba inmerso en una guerra civil y EE.UU. apoyaba al bando opuesto. Además, puede decirse que Amín, con su falta de escrúpulos, estaba haciendo exactamente lo que se esperaría de un agente norteamericano: desacreditar al PDP, a las reformas del partido, al concepto del socialismo o comunismo y a la URSS, todo en un mismo paquete. Amín también llevó a cabo purgas en el cuerpo de oficiales del Ejército que debilitaron seriamente la capacidad de combate del mismo. Pero, ¿por qué Amín solicitaría el apoyo militar soviético en varias ocasiones si estaba conspirando en realidad con los norteamericanos? La razón principal parece haber sido que los altos niveles del PDP lo presionaban para hacerlo y tenía que cubrir las apariencias. Babrak Karmal ha sugerido otras motivaciones más maquiavélicas. (33)

 

La administración Carter saltó ante el tema de la “invasión” soviética y pronto inició una campaña de justa indignación e impuso lo que el presidente llamó “castigos”, desde paralizar la entrega de granos a la URSS hasta retirarse de los Juegos Olímpicos de Moscú en 1980. Los rusos respondieron que EE.UU. estaba furioso con la intervención porque Washington había planeado convertir el país en una base norteamericana para sustituir la pérdida de Irán (34). No es de sorprender que en este asunto anticomunista al parecer tan definido, el público y los medios norteamericanos se alinearan rápidamente con el presidente. El Wall Street Journal llamó a una reacción “militar”, al establecimiento de bases en el Medio Oriente, a la “reinstauración del registro de reclutamiento”, al desarrollo de un nuevo misil y a dar a la CIA mayor libertad de acción, a lo que añadió: “Es claro que debemos mantener abierta la oportunidad de dar ayuda encubierta a los rebeldes afganos” (35). Esto último, lo supiera el periódico o no, se estaba llevando a cabo desde hacía algún tiempo. Durante un período anterior a la invasión soviética la CIA había estado transmitiendo propaganda radial en Afganistán y cultivando alianzas con lideres guerrilleros exiliados a los que donaban medicinas y equipos de comunicaciones (36). Los funcionarios del servicio exterior norteamericano se habían reunido con dirigentes mujaidines para determinar sus necesidades desde fecha tan temprana como abril de 1979 (37). Y en julio el presidente Carter habia firmado una autorización para ayudar a los rebeldes clandestinamente, lo que llevó a facilitarles dinero en efectivo, armas, equipos y abastecimientos, y a participar en operaciones de propaganda y psicológicas en general a favor suyo en Afganistán (38). 

 

La intervención en la guerra civil afgana por parte de EE.UU., Pakistán, Irán, China y otros, provocó en los rusos graves preocupaciones acerca de quién iba a detentar el poder en la casa de al lado. lnvocaron continuamente estas “fuerzas imperialistas agresivas" para justificar su propia intervención, que constituía la primera vez en que tropas de infantería soviéticas entraban en acción en cualquier parte del mundo fuera de los límites de la Europa del Este. El establecimiento potencial de un Estado islámico anticomunista en la frontera con las propias repúblicas asiáticas de la URSS, hogar de cuarenta millones de musulmanes, no podía ser contemplado con ecuanimidad por el Kremlin, del mismo modo que Washington habría saltado ante una toma de poder comunista en México. 

 

Como hemos visto reiteradamente, EE.UU. no limitaba su perímetro de defensa a sus vecinos inmediatos, ni siquiera a Europa occidental, sino-que incluía en él todo el planeta. El presidente Carter declaró que el área del Golfo Pérsico era “ahora amenazada por tropas soviéticas en Afganistán”, que esta área era sinónimo de intereses estadounidenses y que EE.UU. la “defendería” contra cualquier peligro con todos los medios necesarios. Calificó la acción soviética como “la mayor amenaza a la paz desde la Segunda Guerra Mundial”, una afirmación que ignoraba un largo trecho de historia de postguerra. Pero 1980 era un año de elecciones.

 

Por otro lado, Brezhnev declaró que “los intereses nacionales o la seguridad de Estados Unidos y otros estados no se ven afectados en modo alguno por los hechos en Afganistán. Todo intento de presentar las cosas de otra manera es pura tontería” (39). La administración Carter desestimó igualmente las preocupaciones soviéticas. El asesor de Seguridad Nacional estadounidense Zbigniew Brzezinski señaló más tarde que "el problema no era cuáles podían haber sido los motivos subjetivos de Brezhnev para entrar en Afganistán sino las consecuencias objetivas de una presencia militar soviética mucho más cerca del Golfo Pérsico" (40).

 

La escena quedó lista para doce años del más terrible tipo de enfrentamiento, una serie de atrocidades diarias para la mayoría del pueblo afgano que nunca quiso ni pidió esta guerra. Pero la URSS estaba determinada a proteger sus fronteras, el Gobierno afgano estaba comprometido con su aspiración de lograr un Afganistán laico y reformado, y EE.UU. estaba decidido a hacer de éste el Vietnam de los soviéticos, desangrándolos lentamente como les había ocurrido a los norteamericanos. Al mismo tiempo, los estrategas políticos en Washington no podían dejar de saber —aunque no se atrevían a decirlo en público— que el apoyo a los mujaidines (muchos de los cuales llevaban consigo retratos del ayatola Khomeini) podía llevar al establecimiento de un Estado islámico fundamentalista tan represivo como el de la vecina Irán, declarada Enemigo Público Número Uno en Norteamérica durante los 80. Tampoco la palabra “terrorista” cruzaba los labios de los funcionarios estadounidenses al hablar de sus nuevos aliados-clientes, aunque esta misma gente derribara aviones de pasajeros y pusiera bombas en el aeropuerto. En 1986, la primera ministra británica Margaret Thatcher, cuyas invectivas apasionadas contra los “terroristas” no eran superadas por nadie, dio la bienvenida a Abdul Haq, un líder rebelde afgano que admitió haber ordenado la colocación de una bomba en el aeropuerto de Kabul en 1984, donde murieron al menos veintiocho personas (41). Así eran de escrupulosos los anticomunistas de la Guerra Fría a fines del siglo XX. De la misma forma que Anastasio Somoza había sido “nuestro hijo de puta", los mujaidines eran ahora “nuestros terroristas fanáticos”.

 

Al principio se concedió cierta reflexión a la moralidad de esta politica. “La cuestión aquí era si resultaba moralmente aceptable que, para desequilibrar a los soviéticos, que era la causa de la operación, era permisible hacer uso de otras vidas en favor de nuestros intereses geopolíticos”, dijo un alto funcionario de la administración Carter (42). Pero tales sentimientos no podían durar. Afganistán era el sueño del guerrero frío: la CIA y el Pentágono, por fin,  tenían a uno de sus ejércitos satélites en enfrentamiento directo con las fuerzas del Imperio del Mal. No había precio demasiado alto para este juego de Super Nintendo, ni las vidas de cientos de miles de afganos, ni la destrucción de esa sociedad, ni los 3.000 millones (sic) de dólares de los contribuyentes que fueron arrojados a un pozo sin fondo, buena parte de ellos sirvió sólo para enriquecer a unos pocos afganos y paquistaníes. El Congreso estaba igualmente entusiasmado —sin tener siquiera la incertidumbre moral que los hizo ser precavidos en entregar armas a los contras nicaragüenses— y se convirtió en un verdadero cuerno de la abundancia al asignar más y más dinero cada año. El representante Charles Wilson, de Tejas, expresó un sentimiento típico de la oficialidad de Washington cuando declaró: “Hubo 58.000 muertos en Vietnam y le debíamos una a los rusos [...]. Tengo una ligera obsesión con eso a causa de Vietnam. Pienso que los soviéticos debían tener su dosis [...]. He sido de la opinión que este dinero estaba mejor empleado en herir a nuestros adversarios que cualquier otro en el presupuesto del Departamento de Defensa” (43)

 

La CIA se convirtió en el gran coordinador: comprando o encargando la manufactura de armas de estilo soviético a Egipto, China, Polonia, lsrael y cualquier parte, o abasteciendo a los rebeldes con las suyas propias; contratando entrenadores militares norteamericanos, egipcios chinos e iraníes; pidiendo donaciones a los países del Medio Oriente, en particular Arabia Saudita que aportó muchos cientos de millones de dólares en ayuda cada año, hasta llegar posiblemente a 1.000 millones; presionando y sobornando a Pakistán —con el que se habían deteriorado las relaciones norteamericanas en fecha reciente- para alquilar su país como un área de tránsito militar y refugio; incluyendo en su nómina al director de operaciones militares paquistaní, brigadier Mian Mohammad Afzal, para asegurar la cooperación de su país (44). A Pakistán se le dijo que se le devolvería la ayuda militar y económica que había sido suspendida, si se unían a la gran cruzada. Sólo un mes antes de la intervención soviética, multitudes antinorteamericanas habían quemado y saqueado la Embajada de EE.UU. en lslamabad y centros culturales estadounidenses en otras dos ciudades paquistaníes (45).

 

El embajador norteamericano en Libia reportó que Muammar el-Khadafi estaba enviando a los rebeldes 250.000 dólares, pero se presume que no lo hizo a solicitud de la CIA (46).

 

Washington dejó a los paquistaníes decidir a cuál de los diversos grupos guerrilleros afganos harían beneficiario de la mayor parte de esta generosidad. Como dijo un observador: "Según la sabiduría convencional de la época, Estados Unidos no iba a repetir el mismo error de Vietnam —microdirigir una guerra en una cultura que no entendía” (47). No todos en Pakistán fueron comprados. El diario independiente de lslamabad, Muslim, acusó en más de.una ocasión a EE.UU. de estar decidido a "pelear hasta el último afgano”. “No nos halaga ser llamados Estado de la linea del frente por Washington”; “Washington no parece tener disposición alguna para buscar un acuerdo rápido a una guerra cuyos beneficios cosecha sin costo para los soldados norteamericanos” (48). No está realmente claro si hubo pérdidas de vidas norteamericanas en la guerra. En varias ocasiones a fines de los 80 el Gobierno de Kabul anunció que habían muerto norteamericanos en los combates (49),” y en 1985 un periódico londinense reportó que unas dos docenas de musulmanes negros norteamericanos estaban en Afganistán, peleando junto a los mujaidines en una jihad, que la interpretación fundamentalista del Corán prescribe que todos los creyentes islámicos deben librar al menos una vez en sus vidas (50). Varios de esos musulmanes negros regresaron a EE.UU. después de haber sido heridos. 

 

Agresión soviética... invasión soviética... la URSS tragándose a otro inocente Estado como parte de su plan para conquistar al mundo, o al menos al Medio Oriente. Esta fue la lección predominante y perdurable impartida por los pronunciamientos oficiales de Washington y por la corriente principal de los medios norteamericanos acerca de la guerra, así como la suma total de conocimientos para el estadounidense promedio, aunque Afganistán había conservado su independencia durante sesenta años de convivencia pacífica junto a la URSS. Zbigniew Brzezinski, aunque implacablemente antisoviético en sus memorias, habla en ellas reiteradamente de la “neutralidad” de Afganistán (51). El país había sido neutral incluso durante la Segunda Guerra Mundial. 

 

Había que buscar con empeño entre las informaciones y la retórica ofrecidas al público norteamericano a seguidas de la intervención soviética para derivar siquiera un indicio de que la guerra civil era esencialmente una lucha sobre reformas sociales profundamente arraigadas, pues una discusión real acerca del tema no existía prácticamente. Antes de la intervención, se podía tener un asomo de esto, al estilo del siguiente párrafo publicado por el New York Times:

 

La reforma agraria trata de debilitar a sus jefes de aldeas. Retratos de Lenin amenazan a sus líderes religiosos. Pero fue la concesión por parte del Gobierno revolucionario de Kabul de nuevos derechos a las mujeres lo que empujó a los musulmanes ortodoxos a tomar sus armas en las aldeas de Pashtún al este de Afganistán [...] “El gobierno dice que nuestras mujeres tienen que asistir a reuniones y nuestros niños tienen que ir a la escuela. Eso amenaza a nuestra religión. Tenemos que pelear” [...] “El gobierno impuso varias ordenanzas que autorizan a las mujeres a casarse libremente con quien escojan sin el consentimiento de sus padres” (52)

 

Durante toda la década de 1980, los regímenes de Karmal y luego Najibulah, a pesar de las exigencias de la guerra, siguieron un programa de modernización y ampliación de su base al llevar electricidad a las aldeas, junto con centros de salud, una reforma-agraria parcial y la alfabetización; también liberaron a numerosos prisioneros encarcelados ilegalmente por Amín, incorporaron al Gobierno a los mulahs y a otras personas sin ser miembros del partido, trataron de llevar a cabo todo con moderación y sensibilidad, en lugar de entrar en conflicto con las estructuras tradicionales; reiteraron su compromiso con el Islam, reconstruyeron y construyeron mezquitas, eximieron de la reforma agraria las tierras en poder de dignatarios e ¡nstituciones religiosas; en fin, trataron de evitar los graves errores del gobierno de Amín con su prisa por hacer a la gente tragar los cambios (53).

 

Selig Harrison escribió en 1988:

 

Los comunistas afganos se ven a sí mismos como nacionalistas y modernizadores [...] Justifican su colaboración con los rusos como la única forma disponible de consolidar su revolución frente a la “interferencia” extranjera [...] El compromiso de los comunistas con la rápida modernización les permite ganar la tolerancia a regañadientes de muchos miembros de la clase media de mentalidad moderna, quienes se sienten atrapados entre dos fuegos: los rusos y los fanáticos musulmanes opuestos a las reformas sociales (55).

 

El programa de Kabul logró motivar con el tiempo a numerosos voluntarios para empuñar las armas en su defensa, pero se trataba de una lucha a contracorriente, pues para los anti-reformistas y sus padrinos extranjeros era fácil convencer a las grandes masas de campesinos de las "malas intenciones” del Gobierno al confundirlo con su dogmático y detestado antecesor, en particular dado el énfasis, que hacía el PDP en proclamar la continuidad de la revolución de abril de 1978 (55). De lo que sí no hay duda es de que ni los campesinos ni los anti-reforrnistas fueron informados de las conexiones de Amín con EE.UU. Otro problema que enfrentaba Kabul para conquistar las mentes y corazones de su pueblo era, por supuesto, la presencia de las tropas soviéticas, aunque debe recordarse que la oposición islámica al Gobierno de izquierda comenzó mucho antes de que llegaran éstas; de hecho, el más extremista de los líderes mujaidines, Hekmatyar, habia dirigido una rebelión contra el Gobierno de derecha en 1975, sobre la base de que en Kabul gobernaba un “régimen impío dominado por los comunistas” (56).

 

Mientras las tropas soviéticas permanecieran en el país, el conflicto afgano podía ser presentado a los norteamericanos como poco más que una batalla entre los invasores rusos y los luchadores de la resistencia afgana, como si no existieran Gobierno y ejército en el país, o como si no hubiera una buena parte de la población, tal vez incluso la mayoría, a favor de las reformas, gente que no deseaba vivir bajo un gobierno islámico fundamentalista. Mohammed Hakim, alcalde de Kabul, un general entrenado en los años 70 en bases militares en EE.UU. y que pensaba que éste era “el mejor país”, comentó: “Tal vez la gente en realidad tampoco nos quiere, pero nos prefieren a los extremistas. Eso es lo que no entienden los países occidentales. Sólo esperamos que el señor Bush y el pueblo de Estados Unidos nos miren con atención. Piensan que somos comunistas muy fanáticos, que no somos seres humanos. No somos fanáticos. Ni siquiera somos comunistas” (57).

 

En los medios de prensa norteamericana, cualquier funcionario del Gobierno afgano, o el propio Gobierno en conjunto, era etiquetado a priori como “comunista", o “marxista”, o “pro-comunista”, o “pro marxista”, sin explicación ni definición que lo sustentara. Najibulah, que sucedió a Karmal cuando éste abandonó la presidencia en 1986, fue confirmado en su puesto en 1987 bajo una nueva Constitución islámica que fue depurada de todo discurso socialista y que estaba llena de referencias al lslam y al Corán. “Este no es un país socialista revolucionario. No queremos construir una sociedad comunista”, dijo en su discurso inaugural (58).

 

¿Podía EE.UU. ver más allá de la ideología de la Guerra Fría y entrar a considerar las necesidades del pueblo afgano? En agosto de 1979, tres meses antes de la intervención soviética, un Informe del Departamento de Estado clasificado señalaba: “[...] los mayores intereses de Estaos Unidos [...] se beneficiarían con la caída del régimen de Taraki-Amín, a pesar de los retrocesos que esto pudiera significar para las futuras reformas sociales y económicas en Afganistán [...] el derrocamiento de la R.D.A. [República Democrática de Afganistán] mostraría al resto del mundo, en particular al Tercero, que el enfoque soviético acerca de que el desarrollo histórico del socialismo es inevitable, no es exacto” (59).

 

Durante los años 80, e incluso antes, la URSS había insistido repetidas veces en que no se encontraría una solución al conflicto mientras EE.UU. y otras naciones continuaran apoyando a los mujaidines. Estados Unidos por su parte, insistía en que los soviéticos debían primero retirar sus tropas de Afganistán. Finalmente, después de varios años de negociaciones auspiciadas por la ONU, se firmó un acuerdo en Ginebra el 14 de abril de 1988, bajo el cual el Kremlin se comprometía a iniciar la retirada de los 115.000 soldados que se estimaba estaban en el país a partir del 15 de mayo, hasta completar el proceso el 15 de febrero del año siguiente. El presidente Gorbachov había dicho que Afganistán se había convertido en “una herida sangrante”. En febrero, una vez que las últimas tropas soviéticas abandonaron el territorio afgano, Gorbachov urgió a EE.UU. a apoyar un embargo sobre los embarques de armas hacia Afganistán y un cese al fuego entre los dos bandos. Ambas propuestas fueron rechazadas por la nueva administración Bush, que alegó que el Gobierno afgano había quedado en posesión de grandes cantidades de equipamiento militar.

 

No está claro por qué si los rebeldes habían sido capaces de mantenerse a pesar de la poderosa presencia del Ejército soviético, Washington sentía ahora que quedarían en desventaja al retirarse los rusos. La clave de la respuesta norteamericana puede radicar en la declaración del Departamento de Estado acerca de que el Gobierno de Kabul por sí mismo no podría retener el poder más de seis meses (60). Al plantear la cuestión del desbalance de armamentos (fuera real o no), Washington aseguraba la continuidad de la carrera armamentista en Afganistán —un microcosmos de la Guerra Fría. Al mismo tiempo, el Gobierno de EE.UU. llamó a los soviéticos a apoyar a “un Afganistán independiente y no alineado”, aunque era esto precisamente lo que sucesivas administraciones habían tratado de impedir durante décadas. Dos días después, el presidente Najibulah criticó el rechazo estadounidense a la propuesta de Gorbachov y ofreció devolver las armas entregadas por la URSS si los rebeldes deponían las suyas e iniciaban negociaciones. No se informó acerca de respuesta alguna a esta oferta, ni por parte de EE.UU. ni de los rebeldes, que ya habían rechazado propuestas similares anteriormente.

 

Parecería que Washington estaba pensando en plazos más largos que los de treguas y negociaciones. El mismo día en que Najibulah lanzó su proposición, EE.UU. anunció que había entregado 500.000 libros de texto, elaborados en Norteamérica, para ser utilizados en la enseñanza de los grados primero al cuarto en las escuelas de Afganistán. Los libros, que algunos “críticos dijeron bordeaban el panfleto propagandístico”, hablaban de la lucha de los rebeldes contra la URSS y tenían ilustraciones de guerrilleros dando muerte a soldados soviéticos (61). Desde el inicio de la guerra, los mujaidines habían reservado las peores torturas para los rusos; Washington tenía informes confirmados de que los rebeldes habían drogado y torturado entre 50 y 200 prisioneros soviéticos y los habían enjaulado como a animales “viviendo en un horror indescriptible" (62). Otra versión, dada por un reportero de la conservadora Far Eastern Economic Review, relataba: “Un grupo [de soviéticos] fue asesinado, despellejado y colgado en un gancho de carnicería. Un cautivo se encontró convertido en el centro de un juego de buzkashi, esa forma ruda y revolcada del polo afgano en que se acostumbra a usar una cabra decapitada como balón. En su lugar se utilizó al prisionero. Vivo. Terminó literalmente hecho pedazos” (63).

 

Mientras tanto, para gran sorpresa de EE.UU. y del resto del mundo, el Gobierno de Kabul no mostró señales de derrumbarse. Las buenas noticias para Washington eran que desde que las tropas soviéticas habían salido (aunque se mantuvieron algunos asesores militares) la relación “costo-beneficio” había mejorado (64),  y el costo era medido enteramente en muertes y sufrimiento de no estadounidenses, pues los rebeldes hacían explotar carros bombas con regularidad y lanzaban cohetes contra áreas residenciales de la capital, destruían escuelas y clínicas construidas por el Gobierno y asesinaban a los maestros alfabetizadores (exactamente igual a como lo habían hecho los contras nicaragüenses al otro lado del mundo y por la misma razón: eran símbolos de la benevolencia del Estado). La muerte y la destrucción causadas por los soviéticos y las tropas del Gobierno durante la guerra fueron también considerables, como por ejemplo el bombardeo a numerosas aldeas, pero las historias sobre atrocidades individuales deben ser tomadas con reserva debido a la ya conocida propensión y habilidad de la CIA para difundir desinformación anticomunista, con frecuencia de la más variada especie, prácticamente sin límites. Al ser la URSS el adversario directo, la bombilla de la creatividad debe haber estado encendida todo el tiempo en Langley.

 

Amnistía Internacional, con sus acostumbrados métodos de cuidadosa recopilación de información, reportó a mediados de los 80 que las autoridades de Kabul hacían uso frecuente de la tortura y la detención arbitraria (65). Pero ¿qué debemos pensar, por ejemplo, del informe, sin identificación de fuente, del columnista Jack Anderson —vinculado al grupo de presión afgano-norteamericano— de que las tropas soviéticas a menudo marchaban sobre las aldeas rebeldes en Afganistán y masacraban a todo hombre, mujer y niño?" (66). ¿O de la versión del New York Times y del testimonio de un ciudadano afgano acerca de cómo los soldados del Gobierno "habían cegado deliberadamente a cinco niños y luego los habían estrangulado, mientras un partidario del Gobierno que los acompañaba se reía? Debe reconocerse que el periódico añadía: "No había forma de confirmar esta historia. Es posible que el hombre que la contó estuviera tratando de desacreditar al régimen. Tenía, sin embargo, los ojos de quien ha contemplado horrores” (67). También estaba la acusación de un congresista en 1985 de que los soviéticos habían utilizado explosivos con forma de juguetes para mutilar a los niños afganos (68), la misma historia que se contaba acerca de los izquierdistas en cualquier parte del mundo durante la Guerra Fría, y repetida una vez más en 1987 por la cadena de televisión CBS, con fotos ilustrativas. El New York Times informó después sobre la denuncia de un productor de la BBC de que la bomba-juguete había sido fabricada por el camarógrafo de la CBS (69).

 

También estaba el Fondo de Piedad Afgano, supuestamente una agencia de beneficencia, pero sobre todo una empresa de propaganda, que informó que los soviéticos habían quemado a un niño vivo, que disfrazaban las minas como barras de chocolate y dejaban otras con aspecto de mariposas para atraer a los pequeños. Luego se comprobó que las minas mariposas eran copias de una mina diseñada en EE.UU. y utilizadas en la guerra de Vietnam (70). Pakistán y Washington denunciaron igualmente el derribo de un avión de combate paquistaní sobre Afganistán en mayo de 1987 —aun sabiendo que la denuncia era falsa— como resultado de un misil soviético. Más tarde se supo que el avión había sido derribado por error por otro caza paquistaní (71).

 

Durante los años iniciales y hasta mediados de los 80, la administración Reagan proclamó que los rusos estaban esparciendo sustancias tóxicas sobre Laos, Camboya y Afganistán —la llamada “lluvia amarilla”— y que habían causado más de diez mil muertes sólo en 1982 (incluidas 3.042 muertes solamente en Afganistán atribuidas a 47 incidentes distintos entre el verano de 1979 y el de 1981, así de precisa era la información). El secretario de Estado Alexander Haig era el primero en difundir este tipo de historias, y el propio presidente Reagan hizo este tipo de denuncias contra la URSS en más de quince ocasiones en discursos y documentos (72). La “lluvia amarilla” resultó ser ocasionada por las heces polinizadas de enormes enjambres de abejas que volaban a gran altura. Más tarde se supo que la administración Reagan habia formulado sus acusaciones a pesar de que científicos del Gobierno en aquel momento habían señalado que no podían confirmarlas, y que en su opinión las evidencias eran endebles y confusas (73). Y todavía algo más sospechoso: los importantes estudios científicos que examinaron más tarde las denuncias de Washington hablaban tan sólo de Laos, Camboya y Tailandia, no se hacia mención alguna de Afganistán. Era como si el Gobierno —quizás sinceramente equivocado al principio sobre Indochina- hubiera añadido al país centroasiático a la lista sabiendo en ese caso que su acusación era falsa. 

 

Tales campañas de desinformación a menudo son utilizadas con fines internos. Considérese la contribución del senador Robert Dole a esta discusión, cuando habló en 1980 ante el Congreso, de la “evidencia convincente” que le habían aportado acerca de “que los soviéticos han desarrollado una capacidad química que va mucho más allá de nuestros mayores temores [...] [un gas que] no es detenido por [...] nuestras máscaras antigases y deja a nuestros soldados indefensos”. Y añadió: “Sugerir siquiera una nivelación de los gastos de defensa de nuestra nación por parte de la administración Carter en un momento tan crítico de nuestra historia es insondeable“ (74). Y en marzo de 1982, cuando la administración Reagan lanzó la acusación sobre los 3.042 afganos muertos, el New York Times hizo notar: “El presidente Reagan ha decidido que Estados Unidos reasuma la producción de armas químicas y ha solicitado un incremento sustancial en el presupuesto militar para tales armas” (75).

 

El dinero necesario para extender las campañas propagandísticas norteamericanas hacia el resto del mundo manaba del cuerno de la abundancia del Congreso con tanta fluidez como el destinado a satisfacer las aspiraciones militares: en un momento dado se destinaron 500.000 dólares para entrenar a periodistas afganos para hacer uso de los medios a favor de su causa (76). Debe destacarse que en junio de 1980, antes de que se hiciera ninguna de las acusaciones contra la URSS a causa de la “lluvia amarilla”, el Gobierno de Kabul había acusado a los rebeldes y a sus padrinos extranjeros de haber empleado gas venenoso, mencionaban un incidente en el que habían sido víctimas 500 estudiantes de Secundaria y sus profesores en diversas escuelas; no se reportó la muerte de ninguno (77).

 

Una razón por la cual la victoria continuaba eludiendo a los mujaidines era que se hallaban terriblemente divididos entre sí por disputas étnicas y tribales desde hacía siglos, al igual que el alza reciente del fundamentalismo islámico enfrentado al más tradicional, aunque ortodoxo, Islam. Las diferencias con frecuencia conducían a la violencia. En un incidente ocurrido en 1989, siete altos comandantes mujaidines y más de 20 otros rebeldes fueron asesinados por un grupo guerrillero rival. Esta no fue ni la primera ni la última de tales acciones (78). Hacia abril de 1990, catorce meses después de la retirada soviética, Los Angeles Times describía la situación de los rebeldes de esta manera: 

 

En las últimas semanas han dado muerte a más de los suyos que a enemigos [...] Los comandantes de la resistencia rival han sido baleados al estilo gansteril en la ciudad fronteriza de Peshawar [Pakistán], área de tránsito de la guerra. Hay informes persistentes de matanzas políticas a gran escala en los campos de refugiados [...] Una reciente ejecución  tuvo tanto que ver con las drogas como con la política [...] Otros comandantes, en Afganistán y en los campamentos de la frontera, simplemente se están negando a luchar. Dicen en privado que prefieren a Najibulah a los fundamentalistas mujaidines de linea dura dirigidos por Gulbuddin Hekmatyar (79).

 

Los rebeldes también cayeron en la corrupción a causa de las enormes cantidades de armas que afluían hacia ellos. El periodista de investigación Tim Weiner informó lo siguiente:

 

La tuberia de la CIA tiene filtraciones. Graves. Ha esparcido grandes cantidades de armas sobre una de las áreas más anárquicas del mundo. Primero las fuerzas armadas paquistaníes tomaron lo que querían de los cargamentos de armas. Luego jefes guerrilleros afganos corruptos robaron y vendieron cientos de miles de dólares en fusiles antiaéreos, misiles, granadas autopropulsadas, rifles automáticos AK-47, municiones y minas del arsenal de la CIA. Algunas de las armas cayeron en manos de bandas criminales, de traficantes de heroína y de la facción más radical del ejército iraní [...] Mientras sus soldados sobreviven con dificultad en las montañas y el desierto de Afganistán, los dirigentes políticos de las guerrillas mantienen hermosas mansiones en Peshawar y flotas de automóviles a su orden. La CIA se mantiene en silencio mientras los politiqueros afganos convierten las armas de la Agencia en dinero en efectivo. (80)

 

Entre las armas que los mujaidines vendieron a los iraníes estaban los altamente sofisticados misiles antiaéreos Stinger termodirigidos, con los cuales los rebeldes habían derribado varios cientos de aviones militares rusos, al igual que ocho aviones de pasajeros. El 8 de octubre de 1978, los Guardias Revolucionarios de una cañonera iraní dispararon uno de estos misiles contra helicópteros norteamericanos que patrullaban el Golfo Pérsico, pero no dieron en el blanco (81).

 

Un poco antes ese mismo año, la CIA dijo al Congreso que al menos 20% de su ayuda militar a los mujaidines había sido escamoteada por jefes rebeldes y funcionarios paquistaníes. El columnista Jack Anderson señaló por entonces que su estimado conservador acerca del volumen de armas desviadas era 60%, mientras que un líder rebelde dijo al asistente de Anderson en su visita a la frontera que dudaba que siquiera 25% de las armas estuviera llegando a su destino. Otras versiones evalúan esta cantidad en 20%. Si realmente los mujaidines estaban en inferioridad en cuanto a armamento con respecto al Gobierno, esta debía ser la razón principal para ello. Sin embargo, la CIA y otros funcionarios gubernamentales lo consideraron como simples gajes del oficio al ejercerlo en esta zona del mundo (82). Como muchos otros clientes de la CIA, los rebeldes eran financiados también mediante el tráfico de drogas y la Agencia se preocupaba al parecer muy poco por esto, mientras los muchachos se mantuvieran contentos. Los comandantes mujaidines dentro de Afganistán controlaban personalmente grandes campos de amapolas, de la cual se extrae el opio, que refinado da la heroína. Camiones entregados por la CIA, al igual que mulas, utilizados para entrar las armas al país, hacían el camino de regreso cargados de opio a los numerosos laboratorios a lo largo de la frontera afgano-paquistaní, donde se procesaban toneladas de heroína con la cooperación del ejército de este último país. Se estimaba que esta producción constituía entre un tercio y la mitad de la heroína consumida anualmente en EE.UU. y tres cuartos de la consumida en Europa occidental. Funcionarios norteamericanos admitieron en 1990 que no habían investigado ni tomado medidas contra la operación de la droga para no ofender a sus aliados afganos y paquistaníes (83). En 1993, un funcionario de la DEA llamó a Afganistán la nueva Colombia del mundo de la droga (84).

 

La guerra, con todo su tormento, continuó hasta la primavera de 1992, tres años después de la partida de las tropas soviéticas. Se puso en vigor un acuerdo para terminar con el suministro de armas firmado por la URSS y EE.UU. Las dos superpotencias habían abandonado el conflicto. La URSS ya no existía, y el pueblo afgano contaba con más de un millón de muertos, tres millones de discapacitados y cinco millones en campamentos de refugiados, en total casi la mitad de su población. Para entonces, una tregua gestionada por la ONU debía transferir el poder a una coalición gubernamental transitoria hasta que se convocaran elecciones. Pero esto no ocurriría. El Gobierno de Kabul se desintegró virtualmente en medio de motines por hambre y revueltas militares, y los guerrilleros entraron violentamente en la capital y establecieron el primer régimen islámico en el país desde que éste se había transformado en una nación independiente a mediados del siglo XVIII. Un factor clave en la caída del Gobierno fue la deserción a última hora del general Abdul Rashid Dostum, quien se pasó a los guerrilleros. Los medios norteamericanos lo habían llamado anteriormente “general comunista”, y pasó a ser de inmediato “general ex comunista".

 

Los mujaidines habían ganado y se volvieron unos contra otros con toda su furia. Cohetes y fuego de artillería hicieron desaparecer barriadas completas en Kabul. Hacia el mes de agosto al menos mil quinientas personas habían muerto o estaban heridas, en su mayoría civiles (para 1994 sumarían 10.000). De todos los jefes rebeldes, ninguno se mostraba menos proclive a la negociación, o más decidido a una solucion militar, que Gulbudín Hekmatyar. Robert Neumann, antiguo embajador en Afganistán, observó en aquel momento: “Hekmatyar es un tonto, un extremista y un hombre muy violento. Fue aupado por los paquistaníes. Por desgracia, nuestro gobierno se alineó con los paquistaníes. Les entregábamos el dinero y las armas, pero ellos orientaban la politica”. Washington sentía ahora gran preocupación ante una posible toma de poder de Hekmatyar. lrónicamente les asustaba que de lograrlo, su tendencia extremista se extendería a las antiguas repúblicas soviéticas de Asia, con grandes masas de musulmanes en su población y las desestabilizaría, es decir, el mismo temor que había llevado a los soviéticos a intervenir en la guerra civil afgana (85). Fue precisamente a las fuerzas de Hekmatyar que el “general comunista” Dostum terminó uniéndose.

 

Suleiman Layeq, poeta e izquierdista, además de “ideólogo” del régimen caído, contemplaba desde su ventana como los mujaidines avanzaban por la ciudad conquistando edificio tras edificio. Dijo de ellos: “Sin excepción, siguen la via de los objetivos fundamentalistas y las metas del lslam. Y no es el Islam. Es una especie de teoría contra la civilización, contra la civilización moderna” (86). lncluso antes de tomar el poder, los mujaidines prohibieron todas las agrupaciones no musulmanas. Ahora la nueva ley fue impuesta: todo consumo de alcohol estaba prohibido en la República islámica; las mujeres no saldrían a la calle sin velo, y las violaciones serían castigadas por azotes, amputaciones y ejecuciones públicas. Y esto provino de los más “moderados”, no de Hekmatyar. Hacia septiembre se llevaron a cabo los primeros ahorcamientos públicos. Ante una entusiasta muchedumbre de 10.000 personas, tres hombres fueron colgados. Habían sido juzgados a puertas cerradas y no se sabia qué crimenes habían cometido (87).

 

En febrero de 1993, un grupo del Medio Oriente provocó una poderosa explosión en el World Trade Center de Nueva York. La mayoria de ellos eran veteranos de los mujaidines; otros de estos veteranos llevaban a cabo asesinatos en El Cairo, explosiones de bombas en Bombay, sangrientas revueltas en las montañas de Cachemira y guerra de guerrillas en Filipinas. Éste era, por entonces, el poder y la gloria de los “luchadores por la libertad” del presidente Reagan, que se habían vuelto más anti-norteamericanos en los últimos años, y muchos de ellos apoyaron a Saddam Hussein en elconflicto del Golfo Pérsico en 1990-91. Con seguridad incluso Reagan y Bush habrian preferido la compañía de reformadores “comunistas” como el presidente Taraki, el alcalde Hakim o el poeta Layeq. Pero la URSS había sangrado y lo había hecho en abundancia.

 

Para EE.UU. también se había tratado de una “guerra santa”.

 

*William Blum… Edición digital: blog del viejo topo, a partir de la edición en papel de la traducción al castellano realizada por la Editorial Oriente, de Cuba. 

 

Fuente: http://blogdelviejotopo.blogspot.com/2015/12/afganistan-1979-1992-la-jihad.html

 

*Dra. Anabel Madiedo Oropeza... (Pinar del Río/C. PInar del Río. Cuba) Diciembre 30 -1967... Reside en la Ciudad de Pinar del Río. Provincia Pinar del Río, Cuba... Residencia temporal en Palmeiras de Tocantins, RF del Brasil... Doctora en Medicina, Especialista de Primer Grado en Medicina General Integral... Máster en Atención Integral a la Mujer... anitamadiedo@gmail.com – Secretaria General de la Agencia de Información ‘ArgosIs-Internacional’ en la Red... argosissecretariageneral@yahoo.com – Web: http://www.argosisinternacional.com - Twitter...  http://twitter.com/@AnabelMadiedo...

 

“La sociedad no puede ser enemiga de sí misma... Si un medio de comunicación no está aportando y contribuyendo a la elevación educativa, cultural y espiritual de todos sus miembros merece ser cerrada, así de simple... Debido a que la propiedad de los medios de comunicación no es la libertad de expresión de la sociedad”...

 

‘ArgosIs-Internacional’ es una Agencia de Información en la Red, de carácter social (POR AHORA) con sede en la Ciudad de Miami, Florida, Estados Unidos; fundada en 1991… Web: http://www.argosisinternacional.com… Miembro de la ‘Federación Latinoamericana de Periodistas’ (FELAP)… Web:  http://www.felap.info...

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